El aprendiz de maratoniano

Historias sencillas de carreras

martes, 28 de febrero de 2017

Destino Tokio (y 3)

Otras maratones serán más bonitas (puede), más rápidas (puede), más numerosas (puede), o incluso más espectaculares (puede), pero lo que es seguro es que no están mejor organizadas que la Maratón de Tokio. Sobre todo si tenemos en cuenta que corren del orden de 36000 maratonianos y unos 500 un diez mil (los de 10k es apenas simbólico (*). 
Desde que te inscribes meses antes, pasando por la mastodóntica feria del corredor y hasta que sales de la zona de llegada, es un ejemplo de buena organización. Nada falla, y muy pocas cosas se pueden reprochar, y estas, siempre, se solventan por un voluntario con una sonrisa. Porque una de las cosas mejores de la maratón de Tokio, son sus miles de voluntarios. Voluntarios a la salida del metro para indicarte qué camino has de seguir (tanto para llegar a la Feria, como para llegar a tu puerta de salida), voluntarios en la feria del corredor que te guían y ayudan, voluntarios durante toda la carrera (¡casi un voluntario cada 100 metros en todo el recorrido!), voluntarios que te dan cariño cuando llegas, voluntarios educados en su trabajo y entrenados para satisfacer cualquier necesidad que pueda surgir por parte de un corredor (*). Ni un mal gesto, siempre una sonrisa, buena voluntad, respeto al corredor. Llegué a la Feria el día anterior a la carrera y 20 minutos antes de la hora de apertura. Éramos ya miles de corredores haciendo cola mediante el típico sistema de pasillos hechos con cintas. Pudimos ver, desde la cola, la febril actividad de los voluntarios preparándolo todo para poder entregar los dorsales. En un momento dado, pararon toda esa actividad, para, al grito de uno de la organización, saludarnos al estilo japonés y dedicarnos una cerrada salva de aplausos. Si, se dirigieron a la cola y, nos aplaudieron. Realmente emocionante…, y antes de empezar a correr.
Centro de Convenciones
Entrada a la feria
La Feria está alojada en un pabellón inmenso, espectacular, que visto desde fuera parece hecho para La Guerra de las Galaxias. No he visto una feria más grande (y he visto muchas). Nada más entrar te van dirigiendo para recoger el dorsal, ponerte el brazalete de seguridad (sin el cual no puedes entrar en la zona de salida), camiseta oficial, probar el chip,… Todo organizado, sin esperas, a pesar de ser miles (*). Y siempre, repito, con una sonrisa. Cuando sales de la zona de “corredores”, entras en la zona abierta, y es inmensa, en cantidad y variedad. La feria del corredor más grande que jamás haya visto.

Recogiendo el dorsal
Confiado en esa organización a la japonesa, el día de la carrera salí de mi hotel “solo” dos horas antes. En Japón es prácticamente imposible que no funciones bien el metro, o que pueda haber una cola (y ahí me equivoqué en parte…). En el metro ibas encontrándote corredores, pero como había 6 puertas distintas de entrada a la maratón, nos íbamos separando en distintos transbordos para coger distintas líneas. Solo al final ibas en el típico vagón lleno de corredores hacia una gran carrera, e incluso entonces las paradas de bajada eran distintas. En cuanto pones un pie en la calle, hay voluntarios esperando para indicarte el camino. Al llegar a la puerta, te encuentras la primera retención. Antes de entrar, hay doble control de seguridad. Controlan el brazalete, el dorsal, y luego bolsa a bolsa. Pese a todo, los miles de personas, la retención es de menos de 10 minutos (*). Un vez dentro, pese a que todo está indicado y bien indicado, el pulular de miles de personas crea algo de confusión, pero es fácil encontrarlo todo: guardarropa, corrales de salida… y si hay algún problema… ¡pregunta a un voluntario!

Otra cosa curiosa: nadie tira nada al suelo y nadie hace “aguas menores” fuera de los baños portátiles. Y eso crea la segunda “gran” cola. Aun así, tampoco más de 10 minutos. Pese a los miles de pululantes corredores, nadie orina fuera del tiesto y nadie ensucia nada.
Entrada por puerta 5
Control de seguridad
Hace frio y me dejo para el corral, además de lo puesto, una camiseta extra para tirar y un chubasquero chino. En el corral bastante silencio y las ceremonias típicas de las grandes maratones, quizás un poco más: canticos, música, himnos, presentación de estrellas,… Por fín, a las 9.10 se da la salida. Desde el primer metro, las calles abarrotadas con gente animando (**). “Aito, aito, aito,…” yo pensaba que llevaba un vasco a mi lado, pero no, debe significar algo parecido a “vamos”. Es emocionante. Se pasa por las principales calles de la ciudad y los 8 primeros kilómetros son cuesta abajo. El resto subidas y bajadas siempre suaves. Una maravilla de recorrido. Nunca vi carrera más “avituallada”. Cada 2,5 kilómetros, a veces cada menos, isotónicos y agua. Y en muchos puestos diversa variedad de comida: pan, frutas variadas, zumos, fruta en puré (packs de bebé), caramelos, glucosa, geles,… Todo esto, la propia organización, pero además muchos japoneses ofrecían su propio avituallamiento. Algo increíble. Y, quitando las zonas de agua-isotónicos, nada sobre el suelo. Cada 100 metros hay voluntarios con bolsas para recoger cualquier tipo de basura. Increíble. Como la carrera tiene varios recorridos de ida y vuelta, al final ves “por el oro lado” el final de la carrera y el coche escoba y docenas de coches de limpieza para recoger la escasa basura que pudiera haber por los suelos. Un minuto después de acabar la carrera, la ciudad está limpia.


Zona de corredores
Como hacía frio, me dejé una camiseta térmica debajo de la camiseta de tiras. A veces pensaba que me sobraba, y a veces que me faltaba más abrigo. Pese a que por la humedad rompí rápido a sudar, cuando pasabas por el sol, hacía un calor tremendo, pero cuando pasabas por sombra mucho frío. Es mi peor recuerdo de la carrera, calor y frío, y mucho sudor. Afortunadamente te podías ir hidratando cada poco. Cuando vi tanta gente a ambos lados, me preocupó el asunto del “desagüe”. En cualquier otra maratón, te sales a un lado, y sin problema, pero aquí… “No problem”: cada kilómetro (o menos, en muchas ocasiones) había baños portátiles, perfectamente indicados unos 100-200 metros antes. Y cada vez te anunciaban cuando ibas a encontrar el siguiente. Impecable. Además disponías de los miles de baños públicos super limpios que hay en Tokio. De forma totalmente extraña, y supongo por la cantidad de sudor, no tuve que parar ni una sola vez en toda la carrera. Además, estaciones médicas señaladas cada kilómetro.
Todo muy indicado...



Durante toda la carrera, la animación es espectacular, pero los últimos kilómetros te ponen los pelos de punta. Y cuando llegas, la atención es exquisita. Nada más llegar están pendientes de si alguien necesita ayuda especial. Después filas de voluntarios te ponen una toalla en los hombros, y mientras te aplauden y felicitan. Más adelante otras filas te ponen una manta térmica, y te siguen aplaudiendo y felicitando. Y después lo mismo cuando te ponen la medalla, y cuando te dan agua, y cuando te van dando fruta, isotónico,… Te sientes realmente especial (*). En alguna estación fue tan emocionante que casi rompo a llorar.
No sé por qué han incluido la maratón de Tokio como la sexta “Major”. Posíblemente porque tenían que meter alguna asiática. Posiblemente porque hayan pagado mucho. Pero lo cierto que es una maratón grande, muy grande. Si no fuera por lo especial que es Londres o lo carismática que es Nueva York, posiblemente la mejor maratón del mundo. Creo que se merece estar ahí.
Impresionante ciudad

Al final, contento...
Dentro de un par de meses estaré trotando la Maratón de Madrid y volveré a maldecir la feria del corredor, el guardarropa a varios kilómetros de la salida, esos voluntarios que todo se lo merecen pero a los que nadie les dice lo que tienen que hacer, ese descontrol en la salida donde meten juntos a los de 10k, media maratón y maratón, toda esa gente que va a hacer turismo y que no se toma en serio la carrera, la falta de público en gran parte del recorrido y a veces protestando por los cortes, y… con Tokio tan cerca, todo eso me parecerá peor. Aún resuenan en mis oídos las declaraciones totalmente exentas de autocrítica de los organizadores ante los clamorosos fallos de cada año, y que atribuyen siempre a lo incívicos que son los corredores. Y me volveré a preguntar ¿cómo es posible que nos hayan dado la categoría Oro de la IAAF?, a una carrera que cada año cuida menos a los corredores (especialmente a los de maratón), cuya única preocupación es hacer caja con los miles que corren “media” o 10k. Este año estrenan la categoría Oro (¿Cuánto habrán pagado?), pero, ojalá me equivoque, cuando escriba sobre ello estaré preguntándome el porqué.

¿Y cómo me fue?  Pues para lo que he entrenado, demasiado bien.
Acabé en 3h 39m, lejos de mis mejores tiempos, pero muy contento. Puede mantener prácticamente el mismo ritmo toda la carrera y sufrí relativamente poco (y porque tiré de pundonor para no irme mucho en el tiempo al final). Un día redondo, donde además completé las 6 Majors.

(*) ¿Podrían aprender algo los que organizan la Maratón de Madrid?

(**) ¡Ya podrían aprender los ciudadanos de Madrid!

viernes, 24 de febrero de 2017

Objetivo Tokio 2

Siempre que se acerca el día de una maratón, sobre todo si es una “gran maratón”, como es el caso, uno no hace más que pensar en la carrera. La semana previa entran todo tipo de dolores, entran las dudas,… En mi caso, con las certidumbres con las que llego y teniendo en cuenta que mis últimas tres semanas de trabajo (bueno mis últimos tres meses) han sido trepidantes, sin un minuto para un respiro, llega el día en el que tengo que viajar, y apenas siento los nervios que preceden a la puesta en marcha. Mi vuelo estaba programado para la 17.20, y a medida que pasa la mañana del viaje, empiezo a darme cuenta de que mi aventura está a punto de empezar. Pero la mañana no me da tregua, y lo que debiera haber sido un traslado al aeropuerto tranquilo, se convierte en un apurado viaje mirando el reloj. Pero por fín llego al aeropuerto con tiempo suficiente y pienso: “ahora a disfrutar cada minuto, cada hora, que ya habrá tiempo de sufrir corriendo”. Empiezo a mentalizarme sobre lo que me espera, pienso en llegar al avión y regodearme en los pasos que tengo que dar hasta llegar a la salida.

Pero no contaba con las compañías aéreas. Mi viaje a Tokio hace escala en París, con traslado entre Orly y Charles de Gaulle. Según el programa de viaje, con tiempo de sobra para hacer el “transfer”, pero según llego a mi puerta de embarque se anuncia un retraso de 45 minutos. Como me conozco el percal, y perder el vuelo Paris-Tokio supondría decir adiós a la maratón, me voy al mostrador de la compañía para pelear alguna alternativa de llegar a Paris antes. Pero no hay nada alternativo que mejore la situación, por lo que toca esperar y confiar en la providencia (ya que desde hace mucho tiempo no confío en ninguna compañía aérea). Pasados esos 45 minutos (siempre mienten) llega el avión en el que tenemos que embarcar, y entre pitos y flautas, tras un embarque eterno, salimos con hora y media de retraso. A priori me he comido el margen de confianza que tenía para llegar a Charles de Gaulle.

Mientras vuelo hacia Paris, lo hago con la gran incertidumbre de saber si llegaré a conectar con mi vuelo Paris-Tokio. Realmente en manos de la providencia. No me atrevo ni a mirar todos los papeles que vienen conmigo y que tienen que ver con la Maratón, y que pensaba revisar con delectación en el vuelo. No quiero poner más ilusión en la Maratón, por lo menos hasta que tenga seguro que esté volando hacia Japón.
El avión aterriza en Orly a las 9 de la noche. Mi embarque en Charles de Gaulle es a las 10.30. Quita 20-25 minutos para llegar a la puerta de embarque, y tengo exactamente dos horas para salir del avión, llegar a la terminal y buscar el autobús de enlace. Pero una vez más, las compañías aéreas no dejan de sorprendernos. Una vez aterrizados, esperamos dentro del avión otros 40 largos minutos hasta que llega la jardinera. Desembarcamos y cuando ya parecía que la jardinera enfila la terminal, otros 10 minutos en un “stop” para dejar pasar un avión. Desespero. Pongo el pie en la terminal a las 9.50. Imposible llegar al Charles de Gaulle. De nada me sirve que me den un billete para el día siguiente, porque llegaría a Tokio con la feria del corredor cerrada y no podría correr.

Pero uno no se rinde. “¿Habría algún medio más rápido que un coche para llegar al Charles de Gaulle?”, le pregunto a la azafata de tierra de Air France. Y la respuesta es: “si, hay moto-taxis”. Y sin pensármelo, corro en la búsqueda de una moto-taxi. La broma me iba a costar 150 euros, pero eso, o adiós a la Maratón de Tokio.

La moto-taxi es una de esas motos tipo scooter, pero enormes. Te colocan un gabán, un casco, aseguran tu maleta atrás y a la autopista.  Y me dispongo a pasar los peores 25 minutos de mi vida. A 140 km/hora por carreras de circunvalación de Paris, totalmente atascadas y circulando entre coches y camiones entre los que pasábamos a escasos centímetros. No me atrevía ni a mirar al frente. Pensé “voy a morir en la M-30 parisina, y tampoco correré la maratón…”. Cuando puse un pie en tierra, ya en la terminal 2E del Charles de Gaulle me prometí no volver a subirme jamás en un cacharro así. Eran las 10.20 de la noche. Llegué a tiempo al embarque.

Pero no iban a acabar ahí los incidentes de la noche. Al llegar a mi asiento, el 29C, había allí aposentada una japonesa que insistía en que ese era su asiento. Y efectivamente lo era, por un error informático, los dos teníamos el mismo asiento. Tras otra espera, esta vez de minutos, me dice la azafata que tiene que darme otro asiento. “¿Pero de pasillo, no?” pregunto. “Si, de pasillo, aquí… en “preferente”. Bueno, algo empieza a cambiar…


Catorce horas después estoy en la habitación de mi hotel, en Tokio, esperando a que me entre sueño y escribiendo esto.

jueves, 2 de febrero de 2017

Objetivo Tokio

Un día empecé a correr. Por hacer algo de deporte. Y un poco más tarde me apunté a una carrera de 5 km. Antes de ese momento apenas era capaz de correr 5 km seguidos. Más tarde, algo más tarde, decidí apuntarme a otra carrera, esta vez de 10 km. Hasta ese momento, apenas era capaz de entrenar más de 10 km. Y vinieron otras carreras de 10k, hasta que un día  decidí apuntarme a una media maratón. La media maratón de Madrid. Eso fue en el año 2003. Aún recuerdo mis temores por pensar si iba a ser capaz de acabar, si me iba a lesionar, desfallecer. Y mi alegría al entrar al histórico estadio Vallehermoso, que era donde acababa entonces la Media, donde me esperaba toda mi familia para celebrar la proeza.

Por aquel entonces, soñaba, como algo casi irrealizable, con la posibilidad de correr algún día una Maratón. Y sobre todo me motivaba la posibilidad de estar algún día cruzando el puente de Verrazano, entre Long Island y Brookling empezando la Maratón de Nueva York. Algo así como un objetivo vital: “no me moriré sin haber corrido antes una Maratón”. Y el objetivo se cumplió. Casi sin entrenamiento específico y tirando de pundonor, acabé mi primera Maratón (y fue en Madrid) en el año 2004. Aún recuerdo las lágrimas de felicidad al entrar, entonces, en la meta del Paseo de Recoletos. Y después llegaron otras muchas maratones, y entre otras Boston, Nueva York, Berlin, Chicago y Londres. Me convertí en todo un converso de las carreras. Al entrar en este mundo me propuse hacer las “5 Majors”, las 5 grandes. Y cuando ya tenía en el bote las 5, la IAAF se saca de la manga una sexta Major: Tokio. 

Todas las maratones las corrí siempre sin tener que acudir a una agencia que te consigue el dorsal a base de pagar una buena cantidad de dinero. Corriendo “por tiempos” o gracias al sorteo “puro y duro”. Pero Tokio se resistía. Más allá de pagar a una agencia, la única manera de poder correrla era participando en el sorteo de dorsales. Y por fín, después de participar en cuatro sorteos, me ha tocado el año 2017. Ya tengo a tiro las “6 Majors”.


Queda menos de un mes para la Maratón de Tokio, y una vez más planea sobre mi cabeza la incertidumbre. ¿Pasará algo que me impida correr?. Como aquel año que a dos semanas de la Maratón de Madrid me ingresaron de urgencias con una diverticulitis aguda. O ese otro año que a falta de cuatro días de la Maratón de Chicago tuve un accidente de moto. Además de lo que mi amigo Javi Sanz llama “las cagaleras de la muerte” para resumir todos los males que acaecen en las fechas próximas a una maratón (especialmente la última semana), y que la mayoría de las veces tienen una causa psicológica, esta vez, hay motivos para estar preocupado: mal entrenamiento por causas “laborales”, una tendinitis en un pie, dos metatalsargias,… más lo que pueda caer… Una vez más, llega la hora de la verdad, y hay muchas dudas. Pero la ocasión de cerrar un ciclo, está ahí delante. Completar las 6  Majors. Seguro que si llego a la línea de salida, lo daré todo para acabarla con dignidad. La pregunta es: ¿y después qué?.

Maratones que he corrido

  • Maratón de Madrid: 2004 (3h 58m), 2005(3h 56m 42s), 2006(4h 15m 34s), 2007 (4h 06m 49s), 2009 (3h 40m 20s), 2012 (3h 19m 36s), 2013 (3h 13m 59s), 2014 (3h 40m 58s), 2015 (3h 19m 33s)
  • Maratón de Donosti: 2007 (4h 4m 52s)
  • Maratón de Toral de los Vados: 2008 (4h 11 m 16s)
  • Maratón de Marrakech: 2009 (3h 58m 4s)
  • Maratón de Oporto: 2009 (3h 30m 34s)
  • Maratón de Zaragoza: 2009 (3h 56m 32s)
  • Maratón de Sevilla: 2010 (3h 47m 27s)
  • Maratón de Boston: 2010 (3h 29m)
  • Maratón de Nueva York: 2010 (3h 28m 38s)
  • Maratón de Málaga: 2010 (3h 52m 16s)
  • Maratón de París: 2011 (3h 29m 43s)
  • Maratón de Berlín: 2011 (3h 23m 28s)
  • Maratón de Castellón: 2011 (3h 20m 14s)
  • Maratón Misteriosa (Tres Casas, Segovia), 2013 (3h 54m)
  • Maratón de Chicago: 2013 (3h 25m 37s)
  • Maratón de Londres: 2014 (3h 27m 58s), 2016 (4h 1m 18s)
  • Maratón de Amsterdam: 2014 (3h 28m 6s)
  • Maratón de Lisboa: 2015 (3h 34m 56s)
  • Maratón de Valencia: 2016 (3h 40m 32s)
  • Maratón de Tokio: 2017 (3h 39m 38s)

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