Existen ciudades donde se juntan las fronteras de varios
países (en Europa tenemos algunas). Son ciudades muy peculiares, porque a lo
largo de la historia van amalgamando un cultura diversa y enriquecedora, donde
el trasiego de personas, ideas, mercancías, … enriquece mucho la vida de los
que allí habitan. A cambio tienen que pagar un cierto peaje por ser lugar de
paso, pero esto es un mal menor comparado con el beneficio que implica estar en
el borde de varios países. Una de esas ciudades es Maastrich, ciudad holandesa
prácticamente metida en Bélgica y en Alemania, tanto que sus habitantes se
sienten ciudadanos de la llamada euroregión Mosa-Rin
(Maastrich-Aachen-Lieja-Hasselt). Es una ciudad que recuerda poco a las típicas
ciudades holandesas del norte, llenas de canales que los hacen característicos
de las ciudades de Holanda. Lo que si tiene es un gran río, el Mosa (Maas, en
holandés, que da nombre a la ciudad “Cruce del Mosa”). Maastrich entró en
nuestras vidas cuando en 1992 se firmó allí el Tratado de la Unión Europea. Ese
año, esta pequeña ciudad de menos de 200.000 habitantes pasó a la historia del
siglo XX.
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Hace 1 semana
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