En muchos sitios de España, al número 15 se le llama “la niña bonita”. Y a casualidad ha querido que mi maratón número 15 sea en Paris, “la niña bonita”. Paris es una de esas ciudades talismán para mucha gente. “MI ciudad favorita”, dicen algunos. Yo siempre he pensado que Paris es una ciudad excepcional, impresionante desde el punto de vista monumental. En mi opinión, si quitamos a Rio de Janeiro, sin duda la ciudad del mundo más espectacular desde el punto de vista de la naturaleza que en ella se despliega y Nueva York como ciudad de referencia para muchas personas (también para mi) por mil razones, si preguntáramos a 100 personas por su “ciudad favorita por visitar” o “visitada”, posiblemente un porcentaje muy alto contestaría que Paris.
He visitado París en muchas ocasiones y, si coincide un día de primavera u otoño con un cielo limpio y despejado, el espectáculo que nos ofrece la ciudad es difícilmente comparable con ninguna otra. Aparte de los numerosísimos lugares comunes tan reproducidos en el cine y la televisión, el apelativo de “ciudad de la luz” es merecido sobradamente.
En Paris vivía y trabajaba una buena amiga y cuando decidí correr la Maratón de Paris, y me inscribí en la maratón, un aliciente era poder compartir unas horas con ella, ya que nuestras vidas se complican tanto que muchas veces tenemos que buscar excusas (como correr una maratón) para reencontrarnos con amigos. Mi amiga fue sorprendida por un cáncer perverso que se la llevó sin darnos tiempo ni a despedirnos de ella, y de alguna manera dejó huérfana la ciudad.
Correr en Paris se ha convertido para mí en un acontecimiento triste, porque cada minuto, cada hora de las que corra por esa ciudad, me recordarán a mi amiga. Difícilmente podré volver a esta ciudad sin recordar a mi amiga. Y hoy, ese recuerdo me produce tristeza. Serán 42,195 kilómetros que dedicaré, metro a metro, a la memoria de mi amiga Maria Jesús.
viernes, 25 de marzo de 2011
sábado, 5 de marzo de 2011
Correr por Trento

Trento es una ciudad italiana que está muy cerca de la frontera con Austria. Está en una región llamada Trentino (Tirol del Sur) y es conocida, sobre todo porque ente el año 1545 y 1565 se celebro allí el conocido Concilio de TRrento, que significó una auténtica catarsis para la Iglesia católica al ser convocado como una respuesta a la aparición del protestantismo.
Trento es una ciudad pequeña, pero acogedora. Típica ciudad universitaria, donde los estudiantes, cuando llega el jueves o el viernes, vuelven a sus ciudades , normalmente a menos de dos horas de tren. Es una ciudad “de montaña”, muy cerca (a menos de una hora) de los Dolomitas, con unas impresionantes estaciones de esquí.
Tengo una relación con Trento por motivos de trabajo desde hace años, y de cuando en cuando tengo que regresar. Trento, aparte de la Universidad, tiene las montañas, un centro urbano antiguo, pequeño, pero muy bonito y, por supuesto, la cocina italiana, tan rica en hidratos de carbono. Para la gente que no corre, es un auténtico peligro pasar unos días en Italia, porque con una pasta tan rica (y abundante) es sencillo coger sobrepeso si no se queman convenientemente esos hidratos. Y, entre otras cosas, me esforcé en no desaprovechar la ocasión de regalarme una buena dosis en una trattoria de muy buenos recuerdos, llamada Alla Grotta, donde la pasta según mis colegas italianos no es muy buena (excelente para nuestro estándar español) pero es mucho más que abundante en la generosidad de sus raciones. Y si las raciones de pasta son enormes (suficiente para llenar al más exigente), las pizzas son de un tamaño descomunal.
Nunca tengo tiempo de ir a esquiar en Trento, pero tampoco viajo allí sin mis zapatillas. Y después de una buena cena en Alla Grotta, lo pertinente es quemar, cuanto antes, esos hidratos recién adquiridos. Trento es, como ya he dicho, una ciudad de montaña, por lo que la mejor solución para correr una buena distancia sin necesidad de laterar mucho el corazón, es tomar el sendero que hay junto a al río Adige. Correr junto a un río ancho que pasa por una ciudad, es asegurarse un recorrido sin muchos sobresaltos. Y además este tiene a un lado un carril bici, que a veces discurre en paralelo con un sendero de tierra muy apropiado para desgastar zapatillas.. Desde mi hotel, situado al lado de la estación, solo tenía que cruzar la Plazza Dante (presidida por una majestuosa estatua de Dante) para llegar a la margen izquierda del río (rio abajo) y, de momento, discurrir por una senda de varios kilómetros. Aproximadamente a unos tres kilómetros, la llamada carretera “Tengenciale” ocupa en paralelo la margen por la que yo corría y esto me obliga a cruzar un puente y seguir mi camino por el otro lado del río.
Eran las 8 de la mañana. Una fría mañana en una ciudad de montaña, con una temperatura y sensación de frío alta, a causa de la humedad, pero gracias a las nuevas ropas térmicas, corro muy a gusto y sin pasar frío. En mi recorrido de doce kilómetros, solo me cruzo con otros tres corredores, dos bicicletas y numerosos lugareños paseando a su perro.
Se que volveré a correr por Trento, y la experiencia es muy agradable: aire puro, un río ancho y caudaloso, las montañas nevadas al fondo (da igual hacia donde mires). Merece la pena, siempre, cargar con las zapatillas.
domingo, 13 de febrero de 2011
Una tapia con Fabián Roncero

La Tapia es un recorrido casi mítico de la Casa de Campo de Madrid. Depende de por donde lo cojas pueden ser 15, 5 ó 16,5 km, pero lo normal es que sean unos 16 km. La Tapia puede ser más o menos dura. Yo siempre la he hecho saliendo del parking del Lago, en sentido anti horario. Los primeros kilómetros son llanos y transcurren por dentro de la tapia y en paralelo a la M-30. Después, a través del famoso bosque donde entrena la élite, se llega a la vía del tren. Se cruza y se sigue bordeando la tapia y llega la parte más dura. Hay varias cuestas considerables, un continuo rompe piernas. A partir del km 8, se suavizan bastante los toboganes y a partir del 12 es casi cuesta abajo o llano. El final se hace largo, porque pese a ser llano, se vuelve al asfalto. Cuando llegas al ZOO te crees que ya has acabado y aún quedan tres km. Pasas por el Parque de Atracciones y enfilas de nuevo hacia el lago.
Hoy he tenido el privilegio de hacer una Tapia con Fabián Roncero. Durante una gran parte hemos ido mucha gente juntos, pero al final, unos se quedaron y otros tiraron más rápidos y nos quedamos con él un grupo muy reducido. Gran tipo. Es, posiblemente, el mejor maratoniano que hemos tenido nunca, por lo menos el único capaz de batir el record del mundo (no lo hizo por culpa de un calambre en el 98, en Róterdam). Amable con todos, continuamente animando. Bromeando, como un colega más. AL final todos los que nos arremolinamos en el parking,le molestamos con fotos, autógrafos,… Sin perder la sonrisa nos ha atendido a todos.
Ha sido una iniciativa de "Zona deportistas" y además de contar con la compañía de Fabián, nos han regalado una camiseta técnica, bebida isotónica, una revista, y todo compartiendo la mañana con amigos y amigas blogueros. Perfecto.
sábado, 1 de enero de 2011
San Silvestre Vallecana 2010
Video
Una vez más mi última carrera del año ha sido la San Silvestre Vallecana (SSV). Una de las ventajas de vivir en una ciudad como Madrid es poder disfrutar de carreras como esta, que dicen es la mejor San Silvestre del mundo. No sé si eso será cierto, pero si sé que es una gran carrera. Todos los años, en los meses previos, en los foros, clubs, grupos de corredores de Madrid, se suscita el debate acerca de la SSV: que si está muy comercializada, que si el precio de la inscripción es cara, que si tiene este o aquel fallo de organización,… pero lo cierto es que muchos no podemos resistirnos en participar de esta carrera, a la que vienen corredores de 60 países del mundo. Y nosotros la tenemos en casa ¿cómo resistirse?. 34000 corredores, animación en las calles durante todo el recorrido, mucha gente disfrazada con grandes dosis de imaginación. Ayer, en un momento dado de la carrera, me encontré corriendo al lado de unos veinte superhéroes (sobre todo ‘supermanes’) al ritmo de 4.30 el km. Perritos, gallinas, hombres/bailarinas, Mario Bross en persona,… Y una vez más, durante el recorrido despotricas en tu interior por lo difícil que resulta correr en medio de esa marea humana, donde hay mucha gente colocada donde no debe. Se sale por cajones, donde en principio todos estamos donde debemos, pero durante toda la carrera fui adelantando gente que, obviamente, no estaba donde debía. ¿Pero qué más da?. La SSV es una fiesta, la penúltima del año y hay que disfrutarla como lo que es.
La carrera, además, es preciosa. Correr de noche en un Madrid iluminado para las fiestas de Navidad, por algunos de los sitios más emblemáticos de la ciudad, es algo que no tiene precio. La organización, muy buena si tenemos en cuenta la magnitud de la carrera. El recorrido es fácil, pero con sus puntos de dificultad, para hacerla también atractiva desde el punto de vista de la competición. La SSV no defrauda, sea cual sea tu objetivo.
Una vez más mi última carrera del año ha sido la San Silvestre Vallecana (SSV). Una de las ventajas de vivir en una ciudad como Madrid es poder disfrutar de carreras como esta, que dicen es la mejor San Silvestre del mundo. No sé si eso será cierto, pero si sé que es una gran carrera. Todos los años, en los meses previos, en los foros, clubs, grupos de corredores de Madrid, se suscita el debate acerca de la SSV: que si está muy comercializada, que si el precio de la inscripción es cara, que si tiene este o aquel fallo de organización,… pero lo cierto es que muchos no podemos resistirnos en participar de esta carrera, a la que vienen corredores de 60 países del mundo. Y nosotros la tenemos en casa ¿cómo resistirse?. 34000 corredores, animación en las calles durante todo el recorrido, mucha gente disfrazada con grandes dosis de imaginación. Ayer, en un momento dado de la carrera, me encontré corriendo al lado de unos veinte superhéroes (sobre todo ‘supermanes’) al ritmo de 4.30 el km. Perritos, gallinas, hombres/bailarinas, Mario Bross en persona,… Y una vez más, durante el recorrido despotricas en tu interior por lo difícil que resulta correr en medio de esa marea humana, donde hay mucha gente colocada donde no debe. Se sale por cajones, donde en principio todos estamos donde debemos, pero durante toda la carrera fui adelantando gente que, obviamente, no estaba donde debía. ¿Pero qué más da?. La SSV es una fiesta, la penúltima del año y hay que disfrutarla como lo que es.
La carrera, además, es preciosa. Correr de noche en un Madrid iluminado para las fiestas de Navidad, por algunos de los sitios más emblemáticos de la ciudad, es algo que no tiene precio. La organización, muy buena si tenemos en cuenta la magnitud de la carrera. El recorrido es fácil, pero con sus puntos de dificultad, para hacerla también atractiva desde el punto de vista de la competición. La SSV no defrauda, sea cual sea tu objetivo.
lunes, 6 de diciembre de 2010
I Maratón de Málaga

La Maratón es una carrera muy seria que no puede minusvalorarse. Y yo he afrontado esta demasiado sobrado. Después de correr en NY hace un mes, donde todo estaba preparado para una motivación muy elevada. Donde todo me fue bien, pese al cansancio que se arrastra por la propia organización de un viaje largo. Donde pese a sufrir al final, pude mantener un ritmo aceptable que me permitió bajar mi mejor tiempo,… Después de aquello, a solo un mes, me he puesto esta mañana en la línea de salida como quien va a correr una carrera de barrio. He cuidado muchos de los detalles previos, pero el hecho de correr en casa (Malaga, Nerja es como mi casa) y después de una experiencia tan deslumbrante como la de NY, no he afrontado esta maratón con la motivación adecuada.
Hace un año corrí Zaragoza en una situación parecida (dos semanas después de Oporto, donde viví una experiencia también impresionante, y donde también hice mi mejor tiempo). Pero arranqué la carrera con tanto miedo por no saber cómo iba a responder mi cuerpo con tan poca recuperación, que corrí a un ritmo muy por debajo de mis posibilidades. Entonces llegué muy fresco a la meta, un poco por debajo de 4 horas, igual que hoy. Pero hoy he sufrido como no sufría desde que corrí la Maratón de San Sebastián, hasta ahora mi maratón más dura. La experiencia Oporto/Zaragoza, transmitió a mi mente que todo es posible y si entonces me fue bien después de dos semanas, ¿por qué iba a tener problemas hoy después de un mes de recuperación?. Pero la Maratón, cuando no se la respeta, no perdona. Decidí salir a 5 minutos/km, para tratar de llegar en 3h 30m, 3h 40m a todo lo más. No debí intentarlo. Por la media maratón, ya notaba bastante pesadez en las piernas. A partir del 25, pasé a ritmos de 5min 15s (mal asunto). Y hacia el 28 apareció el muro. 6 minutos por km. Dolor, sufrimiento. 6/30, para acabar a 7 minutos por km, casi andando. AL final, el sonido del estadio puso algo de energía en mis piernas y pude entrar con cierta diligencia, volviendo a correr en 6 minutos/km. 3 horas, 52 minutos, 16 segundos…

Esta primera Maratón de Málaga (ya era hora que esta gran ciudad tuviera su maratón) ha estado muy bien organizada (perfecta entrega de dorsales, buen avituallamiento (agua cada dos km, isotónicas, fruta variada –plátanos, naranjas, manzanas,…-), buen trato del corredor, buenos regalos, medalla de “finisher”, buen avituallamiento en meta, vestuarios, duchas,… Todo perfecto, excepto la parte que tiene que ver con los políticos locales. Estos no entienden que una maratón es un valor añadido de la ciudad, y la condenan a recorridos alejados del centro, recorridos que machacan mentalmente al corredor. Hemos pasado hasta cuatro veces (en dos direcciones) por gran parte del paseo marítimo, a lo largo de larguísimas rectas, que son lo peor desde el punto de vista de la motivación. UN buen trozo por zonas del extrarradio de la ciudad, y únicamente un par de kilómetros por el precioso centro de Málaga. La ciudad no tiene costumbre de Maratón, por lo que la animación ha sido mínima. Prácticamente nadie, salvo en los aledaños del estadio desde donde se salía y se llegaba. En bastantes kilómetros, convivíamos con los automóviles que preñaban el carril paralelo al que corríamos. Coches parados con los motores en marcha, emitiendo humos y cabreo en forma de, a veces algún improperio contra la carrera, a veces algún concierto de cláxones. Una maratón es una fuente de riqueza para una ciudad (que se lo digan a todas las grandes ciudades con grandes maratones, que discurren por la mejor zona de las ciudades; ¿si Paris, Londres, Berlín, Nueva York, Boston, Chicago,… pueden paralizarse por la maratón?¿Porqué no Málaga o San Sebastián, por poner dos ejemplos en España?).
Como siempre, en su conjunto, una gran experiencia. La Maratón te pica y te envenena. Y van 14. Y ya pienso en la siguiente.
sábado, 13 de noviembre de 2010
Maratón de Nueva York: mi crónica.
El entorno del maratón

Una maratón, no es solo la carrera. Es una ciudad, un recorrido, una organización, unos habitantes de esa ciudad,… ¿Y qué se puede decir de Nueva York que no se haya dicho? Ni siquiera voy a intentarlo. Solo decir que ya he estado en esta ciudad en muchas ocasiones y que siempre me gusta volver. Cuando vuelvo a Nueva York, pese a que nunca he pasado mucho más de 4 ó 5 días seguidos, siento que vuelvo a un lugar que considero mío. Es posible que la culpa la tenga el cine y la televisión, porque realmente la primera vez que visitas NY ya sientes que es como si hubieras estado allí. Y cada vez descubres algo nuevo, pese a que mi situación de veterano visitante de la ciudad, hace que muchas veces tenga que hacer de guía de mis acompañantes y eso me obliga a volver a los “sigths” recurrentes. Esta vez he tenido la suerte de viajar con toda mi familia y ha sido realmente especial (mi mujer Ana y mis hijos Mario y Rocío). Todos ellos conocían Manhattan, pero esta vez han descubierto alguna cosa más. Entre otras el Museo de Historia Natural, que como muchas cosas de NY te deja con la boca abierta.
Y en esta ciudad viven los neoyorquinos, típicos habitantes de gran ciudad (en este caso muy grande). Es decir con prisas y poco amables en la mayoría de los casos. Y entre ellos, millones de personas que hablan español, lo que hace la ciudad muy accesible para los españoles. Y muchos neoyorquinos consideran la maratón de NY como algo suyo, lo que hace que se vuelquen en la carrera desde que los corredores pisan Brooklyn desde el puente de Verrazano. Casi se diría que en cada uno de los cinco condados compiten por ver dónde se anima más. Algo parecido viví en Boston, aunque aquí, como toda la carrera discurre por calles de la ciudad, el número de personas animando es mucho mayor. Sin embargo, el ambiente de la carrera los días previos, está mucho más diluido en la ciudad que en Boston, donde se respira maratón por todos lados desde varios días antes. En España hay muy pocas carreras donde una población de un barrio se echa a la calle para volcarse con su carrera. Algo así como la devoción que sienten los Vallecanos por su San Silvestre que hace costumbre la última noche del año bajar a la calle a animar a esos locos que corren. EN la Maratón de Madrid, ese ambiente especial solo pasa en dos o tres puntos del recorrido (por ejemplo la Puerta del Sol), pero nunca de forma tan multitudinaria y ruidosa como ocurre en NY.

Y una gran Maratón debe tener una buena organización. Y la de NY la tiene. Una gran feria del corredor, a una escala proporcional con la ciudad: enorme. Una feria que tiene ambiente de feria: mucha gente, muchas ofertas, mucho que ver. Merece la pena perder un par de horas. La recogida de dorsales y entrega de bolsa del corredor, impecable, con cientos de voluntarios sonrientes recibiéndote y animándote. No hay un mal gesto, una mala cara. Solo sonrisas y apoyo. Y lo mismo en la cena de la pasta, donde realmente la comida es abundante y rica. Al final de la cena de la pasta, hubo fuegos artificiales en Central Park. La gran traca final antes de la carrera.
Antes de la carrera
Son las cinco de la mañana en Harlem, a la altura de la calle 120 con la Av. De Malcom X. El cielo está totalmente limpio de nubes y se pueden ver las estrellas. Hace mucho frío. Me dirijo hacia la parada de metro de la 116th para coger la línea 2-3 que me llevará hasta Wall St. cerca del Ferry de Staten Iland. En el metro me encuentro con otros muchos que como yo peregrinamos hacia el sur de Manhattan. Los trenes bajan lentos y nos obligan una vez a cambiar de tren. Miradas nerviosas, con cierta tensión- Algunos cambian de tren para llegar más cerca, pero prefiero asegurar llegar a Wall St. y andar medo kilómetro. Tengo asignado el Ferry de las 5.45 a.m. pero a esa hora aun estoy en el metro. Un corredor argentino (neoyorkino de adopción) que ya ha corrido otros años me tranquiliza: se pueden coger ferris posteriores. Finalmente, a las 6.15, embarco en el ferry de Staten Iland. Una voluntaria que nos ve llegar con cara de preocupación nos mira a la cara y nos dice: “¿Dónde están esas sonrisas? ¿Es que no sois conscientes de que esta es la aventura de vuestra vida?”.

Las vistas y la luz que hay, el amanecer de Manhattan, es realmente precioso. A un lado el skyline de Manhattan, al otro la estatua de la Libertad y la Ellis Iland. Aprovecho el recorrido para desayunar (muchos otros han tenido la misma idea). A las 6.45 llegamos a la otra orilla y nos meten en autobuses que nos llevarán a la línea de salida. Todo muy bien organizado con muchos voluntarios que no dejan de sonreírte, animarte, y recordarte que estás “in” en la Maratón de Nueva York, en una aventura fantástica. Veinte minutos más tarde llego a la zona azul de la ciudad del corredor, donde solo podemos entrar los que llevamos dorsal azul. Dorsal que enseño no menos de quince veces en el recorrido desde el autobús hasta la villa. La seguridad es lo primero (“trabajamos por tu seguridad, que para nosotros es lo más importante”). Son las 7.10 a.m.
Dedico los primeros quince minutos de mi estancia en la villa a estudiar dónde está todo: el agua, el café, los bagels, las carpas, el depositorio del equipaje, los corrales,.. Todo está cerca, pero hay que andar de un lado para otro. Las carpas son insuficientes y están abarrotadas, con la gente hacinada. Afortunadamente no llueve y fuera “solo” hace frío. Mucho frío. Después de coger un bagel y un café que completan mi desayuno, avituallarme de agua e ir por antepenúltima vez al servicio. Encuentro un rincón donde da el sol y monto mi tenderete. Un plástico sobre el suelo, una manta de avión, varias capas de ropa,… me pongo mi i-pod y selecciono una lista de arias de ópera. Me tumbo bajo la manta y trato de relajarme. En menos de cuarenta minutos tengo que levantarme porque a las 8.05 cierra el depositorio de equipaje del corral 7 (el mío) y hacia allá me dirijo con cierta prisa. Una vez deje mi equipaje, me quedo con lo puesto para la carrera, y aun quedarán casi dos horas para la salida con un frío que pela. La megafonía recuerda en cuatro idiomas distintos (inglés, español, francés e italiano) distintas normas de la carrera.
De lo que he llevado, me quedo con una camiseta de manga larga y una de tiras para correr, otras dos camisetas para desechar y un chubasquero grande. De nuevo busco un lugar con sol cerca de la entrada a mi corral. Me siento y me cubro con el plástico y gracias al solecillo no paso mucho frío. Antes de entrar al corral, a la hora límite (8.55) me da tiempo a relajarme otro rato. Es impresionante la imaginación de los neoyorquinos para no pasar frío en estas circunstancias. Batas viejas, abrigos viejos, mantas viejas, todo tipo de ropa de abrigo vieja que luego tirarán, pero que les mantiene bien calentitos. Yo con un plástico.
Son las 8.50, menos de una hora para la carrera. Entro al corral, y menos mal, porque a las 8.55 en punto lo cierran sin miramientos para algunos que llegan unos segundos después. Tendrán que esperar media hora a la siguiente oleada. Dentro del corral, hay servicios y aprovecho para volver a ir. Entre los líquidos y el frío, cada nada aprietan las ganas de orinar. Por los altavoces vuelven a recordar que este es el lugar apropiado para echar la última meada, que una vez arranque la carrera, especialmente en el puente de Verrazano, está totalmente prohibido orinar con riesgo de descalificación (aun así, muchos orinan después desde lo alto del puente).

A los veinte minutos, quitan las separaciones entre todos los corrales azules y nos vamos agrupando hacia el lugar del primer corral. Sigue haciendo bastante frío. Ya son la 9.15. Diez minutos después, abren el primer corral, y nos llevan hacia la misma línea de salida, donde ya se encuentran los corredores de élite. Nos deshacemos de la ropa sobrante. Afortunadamente ya está el sol relativamente alto y no podemos calentar algo. Al final estoy a menos de cien metros de los primero y puedo ver la línea de salida. Justo delante de mí un corredor se mea encima y deja un gran charco entre sus piernas.
Los nervios se desatan, la gente salta, algunos gritan, la mayoría nos movemos, estiramos, aunque estamos muy cerca unos de otros, porque todos queremos estar adelante. A mi alrededor veo gente del corral 1, pero también del 20.
A las 9.30, diez minutos antes de la salida, una ‘speaker’ presenta a las figuras internacionales, a la élite. Estilo americano, con cierto suspense para acabar arrancando el aplauso general al final de cada presentación. Justo antes de dar la salida, se canta el himno americano por tres famosos artistas americanos (dos hombres y una mujer) a capela. Silencio absoluto, manos en el pecho. Suena un cañonazo. Por fin ha empezado la carrera. Por los altavoces suena una voz:
“Start spreadin' the news,
I'm leavin' today
I want to be a part of it,
New York, New York...”
Es la VOZ de Frank Sinatra cantando New York, New York.
La carrera
El puente de Verrazano
Nada más oir el cañonazo de salida y los acordes de “New York, New York” en la “Voz”, enfilas la cuesta del puente de Verrazano, que une Staten Iland con Brooklyn. Tienes en tu cabeza la imagen que has visto por televisión otras veces, donde parece que el puente está repleto y que es imposible moverse, y sin embargo la sensación es que, desde el principio, se puede correr al ritmo que quieras. Empiezas a sentirte protagonista. Está compartiendo puente con los corredores de élite (a los que aun no les dio tiempo de llegar al otro extremo) y sabes que eres parte de la imagen que millones de personas están mirando por televisión. El día es soleado y las vistas de Manhattan espectaculares. Muchos corredores se paran y suben a la mediana del puente a tomar fotos. Me tomo con cierta calma la subida al puente y cuando cubro mi primer km me sorprendo comprobando que llevo un ritmo por debajo de 5 minutos el km. Al final del puente, antes de entrar en Brooklyn, me paro a aliviar mi vejiga.
Brooklyn
Desde el silencio del puente, se entra de golpe en la ciudad. Brooklyn recibe la carrera rugiendo. Gritos, ánimos, todo tipo de carteles con mensajes,… La gente te empieza a llevar en volandas y eso te hace perder un poco la cabeza. Me pongo a correr a menos de 4.30 y pronto me conmino a reducir el ritmo, lo cual es difícil con toda esa gente animándote, pero casi toda la carrera iba a ser así, por lo que me obliga a ir al ritmo que había pensado (alrededor de 4.45). “No os queremos en Brooklyn, iros cuanto antes corriendo”, reza un cartel, y a ello nos disponemos obedientes. La maratón de NY podría decirse que es la Maratón de Brooklyn, ya que se corre por las calles de este barrio media maratón. Recorriendo el barrio de sur a norte, aprecias la multiculturalidad de NY: pasas por zonas rotuladas en castellano, inglés, polaco, italiano,… Mucho cartel en español.
Decido correr por sensaciones, sin mirar el reloj. Y más tarde he comprobado que no bajé de 4.35 hasta pasada la media maratón, lo que fue muy arriesgado, por encima de mis posibilidades.
Pasado el km 12 me encuentro con un maratoniano de élite español cuyo nombre no voy a mencionar, que iba haciendo de liebre de un alto ejecutivo de una empresa española. Ambos corrían en el marco de un proyecto solidario de una multinacional española. Me acerqué a saludar y al ver que no era recibido con muy buen rollo me puse a correr unos metros por delante (no estaba dispuesto a que semejantes gilipollas me amargaran la carrera). Unos dos kilómetros más adelante, volvieron a mi altura y pensé que podía ser buena idea coger la estela del profesional (siempre había admirado mucho a este corredor -léase el tiempo pasado-, porque le creía una persona llana y sociable, o al menos es la imagen que él cuida de transmitir; la realidad es muy distinta). Les pregunté si podía correr a su ritmo y la respuesta fue, por supuesto, positiva (¡faltaría más!). Pronto me dí cuenta que sobraba en el rollito de amiguitos que llevaban, por lo que me coloqué en un segundo plano a seguir su ritmo. No siempre se tiene la oportunidad de correr una maratón, además la maratón de Nueva York, con un maratoniano de élite haciendo de liebre. El ritmo era algo exigente para mí, pero lo intenté. De vez en cuando algún español que corría la carrera se acercaba a saludar a la estrella, que iba sacando imágenes de todo con su iphone.
Broklyn, el día de la maratón, es una fiesta. Además de los innumerables grupos de música puestos por la organización, sonnumerosos los lugares donde se puede oir música, en muchas ocasiones música latina. El ambiente es tan espectacular como la ciudad. A la altura de la media maratón, se abandona Brocklyn a través del puente Pulanski. Paso la media a 1h 37m, demasiado rápido.
Queens
EL tramo de la maratón por Queens sigue con una animación parecida a lo que hay en Brooklyn. Se sigue disfrutando de un barrio multicultural y animado, lanzado a la calle con la ocasión de la maratón. Desde Queens, se accede a Manhatan por el puente de Queensboro. Hay una buena subida al puente y allí me doy cuenta de que no podía aguantar el ritmo de mis distantes compañeros de viaje (que seguían con su rollito de muy amiguitos y de “no me ajunto con nadie”). Cruzar ese puente corriendo es especial. Hay una vistas de Manhatan distintas y excepcionales.
Manhatan
El final del puente de Queensboro desemboca en dos curvas (a izquierda y derecha) que desembocan en la Primera avenida a la altura de la calle 59 (Central Park sur). Allí hay una multitud rugiendo, animando, chillando,… No he visto nunca nada igual. Nada más entrar en la Primera Avenida, a la izquierda veo a mi familia en segunda fila gracias a una gran bandera de España. Me hace una ilusión enorme que me da algo de energía extra. Me acerco a saludarles y al volver a la carrera he perdido por delante a mis dos compañeros (que no amigos). No volví a verlos (el ejecutivo acabó con un tiempo de 3h 17m, muy lejos de mis posibilidades, el elitista se debió retirar antes para no quemarse de cara a sus compromisos profesionales).
Sigue habiendo gente en todos los kilómetros del recorrido, pero a medida que se va subiendo hacia el norte, la densidad de personas va bajando. Al llegar a Harlem disminuye sensiblemente.
El Bronkx
Por el puente de la Avenida Willis, se abandona Manhatan para pasar por el Bronkx. Aquí la carrera, sin dejar de estar animada, pasa por su zona más apagada. Hay parte del recorrido por trozos de autovía, sin gente. Las fuerzas empiezan a faltar y el tío del Mazo empieza a trabajar duro.
AL llegar al puente de Queensboro, había mantenido mi ritmo cercano a 4.30. AL entrar en la Primera Avenida ya iba a 4.45. AL llegar al Bronkx ya iba a 5min/km.
De nuevo Manhatan
Se sale del Bronkx por el puente de la Avenida Madison hacia la calle 138, por donde se corre hasta llegar a la Quinta avenida. Empieza el “camino de vuelta”. Se va bajando Manhatan (aunque hay trozos que son cuesta arriba). En la calle 124 la Quinta se topa con el parque Memorial Marcus Garvey (inspirador del movimiento Rastafary). Se bordea el parque y a la altura de la 120 se vuelve a girar para recuperar la Quinta. En la esquina inferior del parque, se pasa a 5 metros de mi alojamiento en Nueva York, de donde salí a las 5 de la mañana. Cuesta no pensar en la ducha que está tan cerca. Al bajar hacia Central Park, vuelvo a encontrarme a mi familia. Me paro a besarles y saludarles y al retomar la carrera noto un pequeño tirón. Afortunadamente se me pasa. Estamos sobre el km 30, y ya voy a 5,15 el km.
A la altura de Central Park ya no me queda nada en las piernas, pero empieza a haber mucho más público animando. Ahora hay muchos españoles entre el público que te gritan dándote algo de energía. A la altura de la milla 24 se entra en Central Park, y también en la parte de la carrera más dura, ya que se entra en un continuo tobogán, allí donde ya no queda nada en las piernas. Pero hay que reconocer que la multitud te lleva en volandas. Una multitud entregada, entusiasmada, motivada,… Llego a la altura del Hotel Plaza (Central Park Sur) a 6 minutos el km.

Ya solo quedan poco más de dos kilómetros. Ya no puedo más, pero ahí están todas esas personas empujándote. Paso por el cartel de última milla, otra vez dentro de Central Park. Último kilómetro. Ultima media milla. Ultimo medio kilómetro. 200 metros, 200 yardas,… Paso por la línea de meta… Una vez más, se siente una inmensa alegría, gran emoción. Difícilmente explicable. Una vez más la maratón te lleva hasta allí, hasta el límite, pero en medio de las emociones más intensas. El tiempo es lo de menos, pero además, pese al trabajo del tío del mazo, he bajado casi medio minuto mi mejor tiempo en maratón.
Una voluntaria me pone, con una gran sonrisa, la medalla de “finisher”. “¡Enhorabuena!”, me dice. Más adelante me ponen una manta térmica. También con una gran sonrisa. Me encuentro con un conocido español y vamos comentando la carrera. Mientras, nos entregan algo de avituallamiento líquido y sólido. Y en medio de una nube de felicidad, nos arrastramos hacia el guardarropa donde nos despedimos con un abrazo.
El único punto negro en la organización de esta maratón, es el tiempo que tuvimos que esperar para recoger la ropa: casi media hora, después de otra media hora de peregrinaje hasta allí. Casi helados. Lo único bueno es que esa prolongación te permite saborear, paladear algo más el final.
Me puse la ropa y después de otra buena caminata, por fín me encuentro con mi familia, en la calle 70 con las Américas. La maratón de Nueva York ha acabado.
Después de la Maratón.
EN la nube en la que te encuentras después de tantas sensaciones, me comí un perrito caliente en uno de los puestos callejeros. Fuimos a nuestra casa (B&B) de Harlem y después de una ducha, volvimos a la calle para seguir disfrutando de esta ciudad. Esa noche cenamos un buen costillar en un restaurante cerca de Times Square. Siempre he querido esta ciudad y siempre he vuelto a ella como quien vuelve a casa. Ahora me llevo en el equipaje tantas emociones nuevas que volver será aun más un placer.

Le dedico esta crónica a mi familia, que me acompañó a vivir esta experiencia en Nueva York, a muchos amigos que me han seguido a distancia y a mis compañeros de entrenamiento, especialmente a Jose ("el pollero"). Gracias a que me llevó con "la vara" a hacer seismiles a 4.30 por el parque Polvoranca creo que he podido aguantar con dignidad hasta el final.
Una maratón, no es solo la carrera. Es una ciudad, un recorrido, una organización, unos habitantes de esa ciudad,… ¿Y qué se puede decir de Nueva York que no se haya dicho? Ni siquiera voy a intentarlo. Solo decir que ya he estado en esta ciudad en muchas ocasiones y que siempre me gusta volver. Cuando vuelvo a Nueva York, pese a que nunca he pasado mucho más de 4 ó 5 días seguidos, siento que vuelvo a un lugar que considero mío. Es posible que la culpa la tenga el cine y la televisión, porque realmente la primera vez que visitas NY ya sientes que es como si hubieras estado allí. Y cada vez descubres algo nuevo, pese a que mi situación de veterano visitante de la ciudad, hace que muchas veces tenga que hacer de guía de mis acompañantes y eso me obliga a volver a los “sigths” recurrentes. Esta vez he tenido la suerte de viajar con toda mi familia y ha sido realmente especial (mi mujer Ana y mis hijos Mario y Rocío). Todos ellos conocían Manhattan, pero esta vez han descubierto alguna cosa más. Entre otras el Museo de Historia Natural, que como muchas cosas de NY te deja con la boca abierta.
Y en esta ciudad viven los neoyorquinos, típicos habitantes de gran ciudad (en este caso muy grande). Es decir con prisas y poco amables en la mayoría de los casos. Y entre ellos, millones de personas que hablan español, lo que hace la ciudad muy accesible para los españoles. Y muchos neoyorquinos consideran la maratón de NY como algo suyo, lo que hace que se vuelquen en la carrera desde que los corredores pisan Brooklyn desde el puente de Verrazano. Casi se diría que en cada uno de los cinco condados compiten por ver dónde se anima más. Algo parecido viví en Boston, aunque aquí, como toda la carrera discurre por calles de la ciudad, el número de personas animando es mucho mayor. Sin embargo, el ambiente de la carrera los días previos, está mucho más diluido en la ciudad que en Boston, donde se respira maratón por todos lados desde varios días antes. En España hay muy pocas carreras donde una población de un barrio se echa a la calle para volcarse con su carrera. Algo así como la devoción que sienten los Vallecanos por su San Silvestre que hace costumbre la última noche del año bajar a la calle a animar a esos locos que corren. EN la Maratón de Madrid, ese ambiente especial solo pasa en dos o tres puntos del recorrido (por ejemplo la Puerta del Sol), pero nunca de forma tan multitudinaria y ruidosa como ocurre en NY.
Y una gran Maratón debe tener una buena organización. Y la de NY la tiene. Una gran feria del corredor, a una escala proporcional con la ciudad: enorme. Una feria que tiene ambiente de feria: mucha gente, muchas ofertas, mucho que ver. Merece la pena perder un par de horas. La recogida de dorsales y entrega de bolsa del corredor, impecable, con cientos de voluntarios sonrientes recibiéndote y animándote. No hay un mal gesto, una mala cara. Solo sonrisas y apoyo. Y lo mismo en la cena de la pasta, donde realmente la comida es abundante y rica. Al final de la cena de la pasta, hubo fuegos artificiales en Central Park. La gran traca final antes de la carrera.

Antes de la carrera
Son las cinco de la mañana en Harlem, a la altura de la calle 120 con la Av. De Malcom X. El cielo está totalmente limpio de nubes y se pueden ver las estrellas. Hace mucho frío. Me dirijo hacia la parada de metro de la 116th para coger la línea 2-3 que me llevará hasta Wall St. cerca del Ferry de Staten Iland. En el metro me encuentro con otros muchos que como yo peregrinamos hacia el sur de Manhattan. Los trenes bajan lentos y nos obligan una vez a cambiar de tren. Miradas nerviosas, con cierta tensión- Algunos cambian de tren para llegar más cerca, pero prefiero asegurar llegar a Wall St. y andar medo kilómetro. Tengo asignado el Ferry de las 5.45 a.m. pero a esa hora aun estoy en el metro. Un corredor argentino (neoyorkino de adopción) que ya ha corrido otros años me tranquiliza: se pueden coger ferris posteriores. Finalmente, a las 6.15, embarco en el ferry de Staten Iland. Una voluntaria que nos ve llegar con cara de preocupación nos mira a la cara y nos dice: “¿Dónde están esas sonrisas? ¿Es que no sois conscientes de que esta es la aventura de vuestra vida?”.

Las vistas y la luz que hay, el amanecer de Manhattan, es realmente precioso. A un lado el skyline de Manhattan, al otro la estatua de la Libertad y la Ellis Iland. Aprovecho el recorrido para desayunar (muchos otros han tenido la misma idea). A las 6.45 llegamos a la otra orilla y nos meten en autobuses que nos llevarán a la línea de salida. Todo muy bien organizado con muchos voluntarios que no dejan de sonreírte, animarte, y recordarte que estás “in” en la Maratón de Nueva York, en una aventura fantástica. Veinte minutos más tarde llego a la zona azul de la ciudad del corredor, donde solo podemos entrar los que llevamos dorsal azul. Dorsal que enseño no menos de quince veces en el recorrido desde el autobús hasta la villa. La seguridad es lo primero (“trabajamos por tu seguridad, que para nosotros es lo más importante”). Son las 7.10 a.m.

Dedico los primeros quince minutos de mi estancia en la villa a estudiar dónde está todo: el agua, el café, los bagels, las carpas, el depositorio del equipaje, los corrales,.. Todo está cerca, pero hay que andar de un lado para otro. Las carpas son insuficientes y están abarrotadas, con la gente hacinada. Afortunadamente no llueve y fuera “solo” hace frío. Mucho frío. Después de coger un bagel y un café que completan mi desayuno, avituallarme de agua e ir por antepenúltima vez al servicio. Encuentro un rincón donde da el sol y monto mi tenderete. Un plástico sobre el suelo, una manta de avión, varias capas de ropa,… me pongo mi i-pod y selecciono una lista de arias de ópera. Me tumbo bajo la manta y trato de relajarme. En menos de cuarenta minutos tengo que levantarme porque a las 8.05 cierra el depositorio de equipaje del corral 7 (el mío) y hacia allá me dirijo con cierta prisa. Una vez deje mi equipaje, me quedo con lo puesto para la carrera, y aun quedarán casi dos horas para la salida con un frío que pela. La megafonía recuerda en cuatro idiomas distintos (inglés, español, francés e italiano) distintas normas de la carrera.
De lo que he llevado, me quedo con una camiseta de manga larga y una de tiras para correr, otras dos camisetas para desechar y un chubasquero grande. De nuevo busco un lugar con sol cerca de la entrada a mi corral. Me siento y me cubro con el plástico y gracias al solecillo no paso mucho frío. Antes de entrar al corral, a la hora límite (8.55) me da tiempo a relajarme otro rato. Es impresionante la imaginación de los neoyorquinos para no pasar frío en estas circunstancias. Batas viejas, abrigos viejos, mantas viejas, todo tipo de ropa de abrigo vieja que luego tirarán, pero que les mantiene bien calentitos. Yo con un plástico.

Son las 8.50, menos de una hora para la carrera. Entro al corral, y menos mal, porque a las 8.55 en punto lo cierran sin miramientos para algunos que llegan unos segundos después. Tendrán que esperar media hora a la siguiente oleada. Dentro del corral, hay servicios y aprovecho para volver a ir. Entre los líquidos y el frío, cada nada aprietan las ganas de orinar. Por los altavoces vuelven a recordar que este es el lugar apropiado para echar la última meada, que una vez arranque la carrera, especialmente en el puente de Verrazano, está totalmente prohibido orinar con riesgo de descalificación (aun así, muchos orinan después desde lo alto del puente).

A los veinte minutos, quitan las separaciones entre todos los corrales azules y nos vamos agrupando hacia el lugar del primer corral. Sigue haciendo bastante frío. Ya son la 9.15. Diez minutos después, abren el primer corral, y nos llevan hacia la misma línea de salida, donde ya se encuentran los corredores de élite. Nos deshacemos de la ropa sobrante. Afortunadamente ya está el sol relativamente alto y no podemos calentar algo. Al final estoy a menos de cien metros de los primero y puedo ver la línea de salida. Justo delante de mí un corredor se mea encima y deja un gran charco entre sus piernas.
Los nervios se desatan, la gente salta, algunos gritan, la mayoría nos movemos, estiramos, aunque estamos muy cerca unos de otros, porque todos queremos estar adelante. A mi alrededor veo gente del corral 1, pero también del 20.
A las 9.30, diez minutos antes de la salida, una ‘speaker’ presenta a las figuras internacionales, a la élite. Estilo americano, con cierto suspense para acabar arrancando el aplauso general al final de cada presentación. Justo antes de dar la salida, se canta el himno americano por tres famosos artistas americanos (dos hombres y una mujer) a capela. Silencio absoluto, manos en el pecho. Suena un cañonazo. Por fin ha empezado la carrera. Por los altavoces suena una voz:
“Start spreadin' the news,
I'm leavin' today
I want to be a part of it,
New York, New York...”
Es la VOZ de Frank Sinatra cantando New York, New York.
La carrera
El puente de Verrazano

Nada más oir el cañonazo de salida y los acordes de “New York, New York” en la “Voz”, enfilas la cuesta del puente de Verrazano, que une Staten Iland con Brooklyn. Tienes en tu cabeza la imagen que has visto por televisión otras veces, donde parece que el puente está repleto y que es imposible moverse, y sin embargo la sensación es que, desde el principio, se puede correr al ritmo que quieras. Empiezas a sentirte protagonista. Está compartiendo puente con los corredores de élite (a los que aun no les dio tiempo de llegar al otro extremo) y sabes que eres parte de la imagen que millones de personas están mirando por televisión. El día es soleado y las vistas de Manhattan espectaculares. Muchos corredores se paran y suben a la mediana del puente a tomar fotos. Me tomo con cierta calma la subida al puente y cuando cubro mi primer km me sorprendo comprobando que llevo un ritmo por debajo de 5 minutos el km. Al final del puente, antes de entrar en Brooklyn, me paro a aliviar mi vejiga.
Brooklyn
Desde el silencio del puente, se entra de golpe en la ciudad. Brooklyn recibe la carrera rugiendo. Gritos, ánimos, todo tipo de carteles con mensajes,… La gente te empieza a llevar en volandas y eso te hace perder un poco la cabeza. Me pongo a correr a menos de 4.30 y pronto me conmino a reducir el ritmo, lo cual es difícil con toda esa gente animándote, pero casi toda la carrera iba a ser así, por lo que me obliga a ir al ritmo que había pensado (alrededor de 4.45). “No os queremos en Brooklyn, iros cuanto antes corriendo”, reza un cartel, y a ello nos disponemos obedientes. La maratón de NY podría decirse que es la Maratón de Brooklyn, ya que se corre por las calles de este barrio media maratón. Recorriendo el barrio de sur a norte, aprecias la multiculturalidad de NY: pasas por zonas rotuladas en castellano, inglés, polaco, italiano,… Mucho cartel en español.
Decido correr por sensaciones, sin mirar el reloj. Y más tarde he comprobado que no bajé de 4.35 hasta pasada la media maratón, lo que fue muy arriesgado, por encima de mis posibilidades.
Pasado el km 12 me encuentro con un maratoniano de élite español cuyo nombre no voy a mencionar, que iba haciendo de liebre de un alto ejecutivo de una empresa española. Ambos corrían en el marco de un proyecto solidario de una multinacional española. Me acerqué a saludar y al ver que no era recibido con muy buen rollo me puse a correr unos metros por delante (no estaba dispuesto a que semejantes gilipollas me amargaran la carrera). Unos dos kilómetros más adelante, volvieron a mi altura y pensé que podía ser buena idea coger la estela del profesional (siempre había admirado mucho a este corredor -léase el tiempo pasado-, porque le creía una persona llana y sociable, o al menos es la imagen que él cuida de transmitir; la realidad es muy distinta). Les pregunté si podía correr a su ritmo y la respuesta fue, por supuesto, positiva (¡faltaría más!). Pronto me dí cuenta que sobraba en el rollito de amiguitos que llevaban, por lo que me coloqué en un segundo plano a seguir su ritmo. No siempre se tiene la oportunidad de correr una maratón, además la maratón de Nueva York, con un maratoniano de élite haciendo de liebre. El ritmo era algo exigente para mí, pero lo intenté. De vez en cuando algún español que corría la carrera se acercaba a saludar a la estrella, que iba sacando imágenes de todo con su iphone.
Broklyn, el día de la maratón, es una fiesta. Además de los innumerables grupos de música puestos por la organización, sonnumerosos los lugares donde se puede oir música, en muchas ocasiones música latina. El ambiente es tan espectacular como la ciudad. A la altura de la media maratón, se abandona Brocklyn a través del puente Pulanski. Paso la media a 1h 37m, demasiado rápido.
Queens
EL tramo de la maratón por Queens sigue con una animación parecida a lo que hay en Brooklyn. Se sigue disfrutando de un barrio multicultural y animado, lanzado a la calle con la ocasión de la maratón. Desde Queens, se accede a Manhatan por el puente de Queensboro. Hay una buena subida al puente y allí me doy cuenta de que no podía aguantar el ritmo de mis distantes compañeros de viaje (que seguían con su rollito de muy amiguitos y de “no me ajunto con nadie”). Cruzar ese puente corriendo es especial. Hay una vistas de Manhatan distintas y excepcionales.
Manhatan
El final del puente de Queensboro desemboca en dos curvas (a izquierda y derecha) que desembocan en la Primera avenida a la altura de la calle 59 (Central Park sur). Allí hay una multitud rugiendo, animando, chillando,… No he visto nunca nada igual. Nada más entrar en la Primera Avenida, a la izquierda veo a mi familia en segunda fila gracias a una gran bandera de España. Me hace una ilusión enorme que me da algo de energía extra. Me acerco a saludarles y al volver a la carrera he perdido por delante a mis dos compañeros (que no amigos). No volví a verlos (el ejecutivo acabó con un tiempo de 3h 17m, muy lejos de mis posibilidades, el elitista se debió retirar antes para no quemarse de cara a sus compromisos profesionales).
Sigue habiendo gente en todos los kilómetros del recorrido, pero a medida que se va subiendo hacia el norte, la densidad de personas va bajando. Al llegar a Harlem disminuye sensiblemente.
El Bronkx
Por el puente de la Avenida Willis, se abandona Manhatan para pasar por el Bronkx. Aquí la carrera, sin dejar de estar animada, pasa por su zona más apagada. Hay parte del recorrido por trozos de autovía, sin gente. Las fuerzas empiezan a faltar y el tío del Mazo empieza a trabajar duro.
AL llegar al puente de Queensboro, había mantenido mi ritmo cercano a 4.30. AL entrar en la Primera Avenida ya iba a 4.45. AL llegar al Bronkx ya iba a 5min/km.
De nuevo Manhatan
Se sale del Bronkx por el puente de la Avenida Madison hacia la calle 138, por donde se corre hasta llegar a la Quinta avenida. Empieza el “camino de vuelta”. Se va bajando Manhatan (aunque hay trozos que son cuesta arriba). En la calle 124 la Quinta se topa con el parque Memorial Marcus Garvey (inspirador del movimiento Rastafary). Se bordea el parque y a la altura de la 120 se vuelve a girar para recuperar la Quinta. En la esquina inferior del parque, se pasa a 5 metros de mi alojamiento en Nueva York, de donde salí a las 5 de la mañana. Cuesta no pensar en la ducha que está tan cerca. Al bajar hacia Central Park, vuelvo a encontrarme a mi familia. Me paro a besarles y saludarles y al retomar la carrera noto un pequeño tirón. Afortunadamente se me pasa. Estamos sobre el km 30, y ya voy a 5,15 el km.
A la altura de Central Park ya no me queda nada en las piernas, pero empieza a haber mucho más público animando. Ahora hay muchos españoles entre el público que te gritan dándote algo de energía. A la altura de la milla 24 se entra en Central Park, y también en la parte de la carrera más dura, ya que se entra en un continuo tobogán, allí donde ya no queda nada en las piernas. Pero hay que reconocer que la multitud te lleva en volandas. Una multitud entregada, entusiasmada, motivada,… Llego a la altura del Hotel Plaza (Central Park Sur) a 6 minutos el km.
Ya solo quedan poco más de dos kilómetros. Ya no puedo más, pero ahí están todas esas personas empujándote. Paso por el cartel de última milla, otra vez dentro de Central Park. Último kilómetro. Ultima media milla. Ultimo medio kilómetro. 200 metros, 200 yardas,… Paso por la línea de meta… Una vez más, se siente una inmensa alegría, gran emoción. Difícilmente explicable. Una vez más la maratón te lleva hasta allí, hasta el límite, pero en medio de las emociones más intensas. El tiempo es lo de menos, pero además, pese al trabajo del tío del mazo, he bajado casi medio minuto mi mejor tiempo en maratón.
Una voluntaria me pone, con una gran sonrisa, la medalla de “finisher”. “¡Enhorabuena!”, me dice. Más adelante me ponen una manta térmica. También con una gran sonrisa. Me encuentro con un conocido español y vamos comentando la carrera. Mientras, nos entregan algo de avituallamiento líquido y sólido. Y en medio de una nube de felicidad, nos arrastramos hacia el guardarropa donde nos despedimos con un abrazo.
El único punto negro en la organización de esta maratón, es el tiempo que tuvimos que esperar para recoger la ropa: casi media hora, después de otra media hora de peregrinaje hasta allí. Casi helados. Lo único bueno es que esa prolongación te permite saborear, paladear algo más el final.
Me puse la ropa y después de otra buena caminata, por fín me encuentro con mi familia, en la calle 70 con las Américas. La maratón de Nueva York ha acabado.
Después de la Maratón.
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