El aprendiz de maratoniano

Historias sencillas de carreras

domingo, 25 de abril de 2021

Maratón de Polvoranca

En tiempos de pandemias, están proliferando las maratones clandestinas. Cuando se lleva la maratón en la sangre, existe la necesidad de enfrentarse a los 42,195 kilómetros, de sentir lo que esta distancia nos demanda de esfuerzo, sacrificio, sentir que aun podemos doblegarla. Y muchos maratonianos se están esforzando en organizar pruebas minoritarias (que llamo clandestinas por llamarlas de alguna manera), pero que cumplen con muchos de los estándares de las llamadas “maratones oficiales”: una distancia bien medida, una bolsa del corredor, dorsales, medalla de “finisher”, avituallamientos,… No es fácil dar con ellas, y de hecho tienes que formar parte de una secta peligrosa, la de los maratonianos irreductibles, adictos a la distancia, perturbados por sentir en las piernas aquello que solo se conoce si se ha experimentado. Yo no llego al extremo de algunos de mis compañeros “de secta”, pero tuve la suerte de ser admitido en su circulo de confianza y de poder conocer alguna de estas carreras clandestinas que están sirviendo para mitigar el mono de falta de carreras oficiales.



El pasado domingo 18 de abril, participé en mi tercera de estas grandes maratones. Grandes por su dificultad, por lo que implican de correr en soledad, sin público, sin bandas de música, sin oropeles… enormes por la ilusión con la que se corren y la ilusión que ponen sus organizadores. En esta ocasión el organizador es Teo (un maratoniano mítico, muy conocido en Madrid porque ha corrido muchas ediciones de MAPOMA con un disfraz de “el Zorro”, y no precisamente haciendo malos cronómetros). Y el lugar el también impresionante parque de Polvoranca, poco conocido por la mayoría de madrileños, pero muy conocido por los que trabajamos o vivimos en a zona sur. Un parque por el que he corrido en cientos de entrenamientos y que me trae recuerdos de muchas horas de esfuerzo y compañerismo. Un parque espléndido, con rutas agradables y un entorno natural que merece ser protegido.

Como en muchas de las maratones que he corrido, a medida que se acerca “la fecha”, van creciendo las dudas. Da igual que sea Nueva York o Polvoranca. Siempre atenazan las dudas. Y la principal duda de esta vez, estaba vinculada con algo tan imprevisible como es “¿Cuándo me llamarán para ser vacunado del COVID?”. Cuando anunciaron que iban a vacunar a mi franja de edad, empecé a sospechar que me iban a chafar la Maratón de Polvoranca. Pero pasó el lunes, el martes, el miércoles, sin noticias de cuando me iban a vacunar. Pero el jueves por la tarde, sonó el teléfono, y me anunciaron que, si quería vacunarme, tendría que estar al día siguiente a las 18.00 en el Wizink Centre. ¿Podría correr el domingo? Allí me personé a la hora establecida, y me fui a dormir el viernes tan ricamente, sin ningún efecto aparente. El sábado fue otra cosa. Amanecí con algo de fiebre. Y a eso de las dos de la tarde, estaba tiritando debajo de un edredón y dos mantas. ¿Podría correr el domingo? Después de unas horas, dos paracetamoles y una buena sudada, aparentemente la fiebre empezó a remitir. El domingo, a las 5 de la mañana, hora a la que puse el despertador para desayunar, no tenía fiebre. ¿Pero estaba para correr? Pues seguramente no, pero la irracionalidad de los que corremos maratones me llevó, un pie detrás del otro, hacia el coche para ir a Polvoranca.

Nos había convocado Teo en el parking que está al oeste del parque, cerca del lago. Al parking solo se puede llegar desde un determinado acceso, que todo hay que decir, nos remarcó Teo. Pero casi todos los que hasta allí pretendíamos llegar, colocamos el navegador, que de forma contumaz se empeñaba por llevarnos por un camino impracticable para coches normales y que nos metía una vez tras otra por caminos que no llevaban a ningún sitio. Cuando en el navegador aparece que tu destino está a 300 metros, pero que necesitas 30 minutos para llegar… ¡mal asunto! Y vuelta a empezar, y otra vez en el mismo sitio. En unas de las revueltas me encuentro con Luis, uno de mis compañeros de carrera, que estaba en la misma tesitura. Llamadas a Teo. Contestador automático. Y después de varios requiebros solo aptos para un todoterreno, arriesgando quedarnos embozados en un charco, desembocamos en un camino de asfalto que acabó llevándonos, milagrosamente, al parking desde donde arrancaba la carrera. Ya estábamos los diez corredores que formábamos parte de esa aventura. Nueve “chicos” y Lola, una grandísima maratoniana (Lolo, Teo, David, Lola, Antonio Rojas, Javi Fabiani, Antonio López, Pepe, Luis y un servidor).


Después de repartir Teo los dorsales, se dio la salida con 15 minutos de retraso, a las 8.15 de la mañana. El recorrido consistía en 7 vueltas (una “corta” y 6 de poco más de 6 kilómetros para completar los 42,195 km). La vuelta “corta” y la primera de las largas las hicimos en grupo, con Teo a la cabeza, para conocer bien el circuito. Después cada cual corrió como sus posibilidades le dejaron. En las dos primeras vueltas nos acompañó mi amiga Pilar, compañera de entrenamientos, y asidua de Polvoranca. Ya en esas dos vueltas, empecé a notar que “algo no iba bien”. Las piernas ya me pesaban más de lo normal, desde el primer paso. Después de que Pilar se fuera, prácticamente corrí solo todo el tiempo y cuando completé la tercera vuelta, la idea de abandonar me rondó la cabeza. Pero decidí dar otra vuelta más. El Parque se iba poblando de familias, corredores domingueros, ciclistas, y nadie podía sospechar que allí deambulábamos 10 maratonianos clandestinos sufriendo por completar nuestro sueño. Conseguí acabar la cuarta vuelta, con gran sufrimiento, y de nuevo, al pasar por la “salida-meta” la idea del abandono me martilleaba la cabeza. Pero pensé: “nunca he abandonado en una maratón; si abandono, siempre que me sienta mal, pensaré en abandonar, y abandonaré”. Y además “¿voy a abandonar aquí, en Polvoranca, parque que me ha visto entrenar tantas veces?”. “Vamos, daremos una quinta vuelta, a ver que pasa”. En esa quinta vuelta ya era un zombi, pero cuando pasé por meta, sabía, que por mucho que me tocara sufrir, iba a acabar. Y así fue. Después d 4 horas 40 minutos, el peor registro de mi vida, acabé la Maratón de Polvoranca.

Allí estaban esperándome mis compañeros de aventura. Con aplausos, cariño y una medalla. Que me supo tan bien como cualquiera que me dieran en las Majors que he corrido. Después de la foto de grupo de rigor, nos fuimos con la satisfacción de haber puesto una muesca más en nuestra particular lista de maratones. Luis terminó su maratón número 23 con la camiseta de Jordan, de los Bulls, con el número 23.

Cada maratón tiene su afán. Esta vez, además, corrí con una vacuna recién puesta, que seguramente contribuyó a las malas sensaciones que tuve desde el principio. Pero esa es la grandeza de la maratón, que nos pone a prueba más allá de lo que siempre esperas, y te permite darte la satisfacción de vencer, superarte, sentirte grande.

Agradecí entonces todo lo que Teo había puesto en la bolsa del corredor, que me ayudó a recuperarme. Y esa tarde descansé muy a gusto, pensando en… la siguiente maratón.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Maratón de Valdebebas (tercera edición)

Partiendo de la base de que no hay “maratones pequeñas”, porque TODAS tienen 42,195 metros, muchos corredores de maratones nunca han experimentado correr una maratón alternativa, clandestina, misteriosa, casera… y realmente no saben lo que se pierden. Son maratones que no tienen el glamour de una Major, o de cualquier maratón multitudinaria. Pero tienen otros valores, a lo mejor menos tangibles, pero que llenan y satisfacen tanto o más que los que tienen esas otras maratones mal llamadas “grandes”. 

 La aparición del COVID19 en nuestras vidas, y la sensación de que ha llegado para quedarse y transformar muchos de nuestros hábitos, ha hecho que el mundo de la maratón también se vea trastocado. En este nuevo mundo, los que queremos seguir experimentando lo que es correr una maratón de verdad (una maratón virtual, es muy meritoria, pero no es una maratón), las maratones alternativas suponen una gran oportunidad de sentir “otras sensaciones”. En estas maratones, a la dificultad de la prueba en sí misma, hay que añadir dificultades vinculadas a recorridos pequeños (con muchas vueltas), o recorridos agrestes y muchas veces mucha y auténtica soledad (aquí sí que existe la soledad del corredor de fondo). A cambio mucho cariño por parte de los organizadores y mucho compañerismo. No es fácil saber cuando y dónde se celebran estas maratones. Normalmente se corre por invitación, y la distribución de la información es restringida. Pero a poco que empieces a moverte en este apasionante mundo, llegará un momento en el que alguien te ofrezca esta posibilidad. 

Javi Sanz, corredor de maratones, “centenario”, creó en España el llamado “club de los cien”, es decir, de aquellos corredores que han corrido más de cien maratones. Para pertenecer al club, esas 100 maratones han de cumplir una serie de requisitos. Por supuesto que las grandes maratones entran, pero también las llamadas maratones alternativas, siempre que cumplan esos requisitos: 

1) maratones organizadas, con dorsal, 
2) un recorrido diseñado por el organizador, 
3) avituallamientos, 
4) línea de salida y meta, 
5) salir juntos más de tres corredores,
6) trofeo o medalla.

En este ranking no se contabilizan las maratones virtuales. Aunque son poco conocidas, se organizan muchas maratones alternativas, que cumplen estas reglas, y que se pueden contabilizar para el ranking del “club de los cien”. Yo he tenido la suerte de completar tres de estas maratones y he de decir que me han generado un nivel de satisfacción equivalente al de correr cualquier maratón de las llamadas “grandes”. 

Mi última maratón “alternativa” ha sido la segunda parte de la tercera edición de la Maratón de Valdebebas. A principios de año, supe de esta maratón a través de Javi Sanz, y la organizaba David, un amigo corraliego. Era la tercera edición de esta Maratón alternativa. Estaba programada para el día 14 de marzo, sábado, un día antes de la Maratón de Barcelona, para la que yo tenía dorsal. Un par de semanas antes, al cancelar la Maratón de Barcelona por el COVID19, le pregunté a David si había sitio para uno más, y me dejaron inscribirme. Íbamos a ser unos 25, pero durante toda la semana entre el 8 y el 14, fueron excluyéndose muchas personas. El confinamiento parecía inminente, especialmente en Madrid, que se empezó a considerar la “zona 0” del virus. Apenas un par de días antes, íbamos a ser 15. La noche del viernes 13, yo ya tenía síntomas de estar contagiado del COVID19, y esa misma noche se frustró mi participación. EL gobierno decretó el estado de alarma el mismo sábado 14 de marzo. Solamente corrieron la maratón 9 personas, todos de Madrid. 

Me costó meses volver a correr de una forma parecida “como antes del covid”, pero tenía la esperanza de poder correr alguna maratón en otoño. Por desgracia llegó la segunda oleada, y se suspendieron todas las maratones en prácticamente todo el mundo. Pero un día, recibí un mensaje de David. Pensaba organizar una “segunda vuelta” de la tercera edición para que pudiéramos correrla los que fallamos en marzo. Íbamos a ser muy pocos, con muchas medidas de seguridad y cumpliendo con todos los requerimientos legales en Madrid. Y esa segunda edición iba a ser el 14 de noviembre, sábado, ocho meses después. Recibí el mensaje de David con ilusión, porque iba a ser mi oportunidad de correr una maratón este 2020, y al tiempo comprobar si había dejado atrás al COVID. Íbamos a ser alrededor de 12 personas, con dos salidas de 6, para no superar lo permitido por ley. Pero también en la semana previa, se decretó, al amparo del nuevo estado de alarma, nuevos cierres de comunidades autónomas. El 14 de noviembre, en Valdebebas, nos encontramos solo 4 corredores (muchos anularon justo la noche antes a causa de los confinamientos). Pero cumplíamos “las 6 normas de Javi Sanz”, por lo que nos dispusimos a correr la maratón.

La maratón de Valdebebas consiste en dar 40 vueltas a un circuito de poco más de un kilómetro. Aquí, la dificultad añadida, radica en que hay que hacer un buen ejercicio mental para correr cuarenta vueltas de más de un kilómetro. Además, íbamos a ser solo 4, sin ningún público y con un cielo que amenazaba lluvia. Además de David, estábamos Lolo, Luis y yo. Empezamos la carrera a la hora que estaba estipulada, las 8 de la mañana. Y corrimos más de media maratón los cuatro juntos. Más de 20 vueltas que se nos pasaron más rápido de lo que yo hubiera imaginado. En esas vueltas pudimos hablar de nuestras vidas, y sobre todo, como siempre hacemos los que corremos, de carreras. Y sobre todo de maratones. Luis llevaba a sus espaldas algunas menos que yo, pero David y Lolo, ambos, pasaban con creces las 100 maratones. Se hacía difícil encontrar alguna maratón que no hubieran corrido y de la que no pudieran contar alguna anécdota.

A partir de la media maratón, comenzó a caer una fina lluvia, pero persistente, que no pararía en lo que quedaba de carrera. Era fina y al principio no molestaba, pero pasado un poco de tiempo, nos fue calando y, sobre todo, nos empapó las zapatillas. Fue también en ese momento cuando Luis se quedó un poco rezagado. Ya éramos 1+3. Hacia el kilómetro 30, David se paró a beber, y no fue capaz de recuperar nuestro ritmo, y la carrera se volvió a romper, 1+1+2. Las vueltas ya eran cada vez más pesadas (en todos los sentidos) y la animada charla se fue apagando. Ya solo hablábamos para recordarnos que quedaban 7, 6, 5, 4, … Cuando apenas quedaban “solo” tres, Lolo se estiró un poco y nos convertimos en 4 unidades ya separadas. Al filo de las 4 horas de carrera, Lolo entró en la meta, a los dos minutos entré yo, y muy poco después entró David. Luis tuvo que esperar recorrer tres vueltas más. Lolo me ovacionó cuando entré en la meta, ovación que me supo a gloria. Luego hicimos lo propio con David y, finalmente, con Luis. Misión cumplida. Vencimos el tedio de las 40 vueltas, la lluvia y las zapatillas empapadas, el dolor en las piernas, … Una maratón más. Una vez más, una experiencia maravillosa, como siempre que se acaba una maratón. Pensando ya en la siguiente. En mi caso, muy satisfecho por haber burlado, de momento, a las secuelas del Covid19. Por haber quedado 2º en una maratón (si, ya se que éramos 4, pero es mi mejor puesto en una maratón). Por haber compartido esta experiencia con tan buenos compañeros de viaje (David, Lolo, Luis). Y muy agradecido a David, por todo, por haber mantenido la ilusión de cerrar el capítulo abierto el 14 de marzo. Espero que no sea la última maratón de Valdebebas que corra, una maratón, como dice el propio David, que tiene el récord de 100 de “finishers” en sus tres ediciones.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Corriendo por el Camino de Santiago

Desde el momento en que mi compañera Nuria (Nuria Prieto, campeona de España de Maratón, veteranas) me lo propuso, le dije que si de forma incondicional. ¡Correr seis etapas del Camino de Santiago desde Roncesvalles! Luego me lo pensé y me entraron mis dudas. Nunca había corrido tanta distancia en tan poco tiempo, y menos de la mano de toda una campeona de España de maratón. Pero Nuria siempre me animó. “correremos tranquilos…”. Y confié en ella, pese al dicho de que “todos los corredores mentimos”. Lo habíamos programado para la primavera, pero el COVID19 se interpuso en el camino y lo pospusimos para el mes de septiembre. Y cuando ya lo teníamos todo previsto y cerrado, esta vez se cruzó en el camino mi nieto Oliver, que nació en Alemania, y para poder conocerlo me tenía “que perder” las dos primeras etapas, entre Roncesvalles y Pamplona. Oliver mereció la pena y mientras yo babeaba en Kassel (Alemania), Nuria partió sola desde Roncesvalles.

Pamplona

Día 1. Pamplona-Puente la Reina.

Pero a los dos días nos encontramos en Pamplona, ella con unos cuantos kilómetros en las piernas y yo pletórico tras conocer a mi nieto y con la ilusión de echarme al Camino al día siguiente. Mi primera etapa fue entre Pamplona y Puente la Reina, 24,4 km. La salida por Pamplona ofrece alguna que otra duda, pero en seguida te instalas en la senda hacia Santiago. Pronto empieza el camino a picar hacia arriba, a veces con repechos de consideración que nos invitaban a caminar algún que otro tramo. Vas pasando por pueblos preciosos (Zizur Mayor, Guendulain, Zariquiegui…) hasta que alcanzas el Mirador del Alto del Perdón, punto más alto de la etapa, a778 metros. Después de esa importante subida esperas una placida y rápida bajada, pero te encuentras con un camino plagado de guijarros que hace prácticamente imposible correr. La parte más pronunciada de la bajada la hacemos andando y con cuidado de no torcernos un tobillo. Unos kilómetros después retomamos la carrera, ya en ligera pendiente descendente, de fácil correr y en algunos kilómetros sin darnos cuenta, nos ponemos a buen ritmo, por encima de lo que la sensatez aconsejaría.

Puente La Reina

El Camino es lugar de encuentro y al ir corriendo son encuentros fugaces. A veces competimos con algunos peregrinos en bicicleta que sufren más en las cuestas de gran pendiente, y la mayoría de las veces pasamos rápidamente a los peregrinos a pie con un “buen camino”. Muchos nos miran sorprendidos. En ese mi primer día, para mí eran todos extraños. Al final de la aventura ya conocíamos a casi todos: a los que caminaban en solitario, los extranjeros, los grupitos…y ellos a nosotros, que sabiendo de nuestro reto nos animaban. Luego, en los pueblos de destino nos saludábamos con complicidad y miradas cargadas de buenos deseos.

Después de pasar por Uterga, Muruzábal y Obanos, allá a lo lejos divisamos la bonita Puente la Reina, que nos acogió con los brazos abiertos y un buen desayuno. Nos salió una media de 7:45 minutos el kilómetro, más por la bajada del Alto del Perdón que por las distintas cuestas.

Día 2. Puente la Reina-Estella.

En mi segundo día (cuarto para Nuria), nos esperaban por delante 21,56 km de un auténtico rompepiernas. La etapa tiene un perfil de dientes de sierra, y nada más salir de Puente la Reina se encara una cuesta demoledora. Después de la paliza del día anterior me hace cuestionarme mi capacidad de superar el reto de 4 días (y Nuria con más kilómetros más en sus piernas). El comienzo es tremendo, y después de superar el primer alto, quedan otros tres o cuatro picachos. Se pasa por pueblos muy bonitos (Cirauqui, Lorca, Villatuerta) pero las continuas subidas y bajadas nos hacen mantener una continua prevención mental. Aun así, corremos muchos más kilómetros que el día anterior y a más velocidad. En Estella comprobamos mientras tomamos un merecido desayuno que hemos hecho una media de 7,04 minutos el kilómetro.

Estella

Día 3. Estella-Los Arcos.

Por delante otros 21, 3 km de precioso paisaje y pueblos encantadores. Y otra vez arrancando con una impresionante cuesta arriba y la perspectiva de varios picos de pendiente interesante. Y con más kilómetros en las piernas. Para mí es el paso del Ecuador, para Nuria su última parte de carrera. En seguida pasamos por Ayegui, el Monasterio de Santa María de Irache e Irache. Franqueamos la famosa Fuente de Vino totalmente copada por un numerosísimo grupo de peregrinos franceses que hicieron un buen acopio de caldo tinto y sin respetar ninguna distancia social. En esta etapa, prácticamente la mitad del camino empina hacia arriba. Primero para llegar a Azqueta, pero, sobre todo, para alcanzar Villamayor de Monjardin, en todo lo alto de un pico. La subida se hace agónica y nos lo tomamos con mucha calma. Con la esperanza de que a partir de aquel punto el camino iría hacia abajo la mayor parte de lo que quedaba de etapa. Habíamos tardado en llegar allí poco más de una hora, y aun nos quedaba más de la mitad del recorrido.

El trecho que quedaba hasta Los Arcos fue espectacular. Desde el punto de vista del corredor. El paisaje no era especial, el día nublado, el camino bastante desierto… pero la ligera pendiente descendente nos puso a correr de forma automática, tramos de varios kilómetros… plas, plas, plas… a ritmo cómodo, pero rápido, en silencio. Disfrutando del correr. Sintiendo el silencio del entorno. Solo el golpe de las zapatillas, plas, plas, plas,… totalmente acompasadas, contra el suelo.  Éramos dos, pero nos movíamos como uno. Fueron minutos, muchos minutos, donde sentimos el placer de correr por correr, donde no sientes la fatiga, donde te ves como una máquina a pleno rendimiento que avanza de forma inexorable hacia delante. ¡Que fantástico deporte este que te regala momentos tan especiales! Casi sin darnos cuenta llegamos a Los Arcos dos horas y media después de haber salido de Estella. ¡A 6.43 minutos el km!, nuestro mejor día.

Los Arcos

Navarra, España, te sigue sorprendiendo. En un pueblo de tan solo 1100 habitantes te encuentras con una calle Mayor llena de casas blasonadas que llega a una plaza medieval con una iglesia impresionante del siglo XII reconstruida a lo largo de siglos dejándole rastros del gótico, renacimiento, barroco, … Allí fue, en aquel precioso lugar, donde nos regalamos el desayuno del día antes de irnos a descansar.

Día 4. Los Arcos-Logroño.

Navarra y Rioja, Camino y viñedos
Para terminar la aventura, nos esperaba la etapa más larga. Más de 29 kilómetros para llegar a Logroño. Y otra vez un perfil rompepiernas con muchas subidas y bajadas. Al menos el comienzo de la estapa no era hacia arriba, como los días precedentes. Arrancamos con las dudas de las grandes maratones… ¿aguantaré, llegaré…? Yo llevaba más de 60 kilómetros en tres días, Nuria unos cuanto más. Y por delante casi 30 kilómetros. Y varios picachos que subir. El más importante entre Torres del Río y Viana. Para ser el último día no está nada mal. Al legar a Viana paramos un rato más largo de lo habitual para comer algo y beber. Viana también sorprende por la riqueza de su patrimonio de ciudad vieja, por la que ha pasado mucha historia. Desde Viana a Logroño, con más bajadas que subidas, el correr se hace fácil. Son ya muchos kilómetros, pero la meta está muy cerca. Poco antes de Logroño se pasa de Navarra a La Rioja y muy pronto nos encontramos con el padre de todos los ríos españoles, el Ebro, que corre con mucha agua. Nuestra meta está en la Catedral y después de callejear un rato, allí llegamos después de casi tres horas y media de haber salido. Esta vez, y pese a ser la etapa más larga, a 6.55 minutos el km. No está mal.


Lo habíamos conseguido. El sueño de Nuria de muchos meses atrás, lo habíamos cumplido. Una experiencia única, exclusiva, fantástica. Nada más llegar, nos ocurre lo mismo que al acabar una maratón, que solo piensas, pasado el primer momento, sobre cuando podrás repetir algo así, algo que te ha llenado tanto. Al placer de correr y sufrir corriendo, se une la mística del Camino, la exclusividad de los paisajes, la dificultad de la orografía y a veces el suelo, lo entrañable de los lugares por los que se pasa, la gente del Camino, la que está allí y la que transita… todo junto ha sido un coctel difícil de expresar, pero que nos ha inyectado felicidad.

Picachos por subir

En la misma plaza de la Catedral, cumplimos el ritual del desayuno. Más tarde, ya con los deberes hechos, algunas tapas con un buen Rioja. Nos vamos, pero el Camino nos espera siempre.

Celebrándolo en la Catedral de Logroño


viernes, 8 de noviembre de 2019

La maratón previa a la maratón de Nueva York


Posiblemente, salvo por aquellos que la han corrido, sea muy poco conocido algo que hace que la maratón de NY sea aún más dura que el resto de las maratones (incluyendo el resto de Majors). Y es que antes de la maratón, hay que pasar por otra pequeña “maratón”. La salida está en Staten Island junto al Puente de Verrazano, y la organización recomienda estar en el Fort Wadsworth, junto al puente, al menos tres horas antes de que empiece la carrera. Si tenemos en cuenta que para llegar allí hay que hacerlo a través de los medios que pone a tu disposición la organización de la carrera, eso significa que te tendrás que poner en marcha, por lo menos 4 horas y media o cinco antes de la carrera (dependiendo del lugar donde estés pernoctando en Nueva York o New Jersey). Los dos medios más utilizados para llegar hasta allí, puestos a disposición por la organización son, el Ferry de Staten Island (en el sur de Manhattan) y autobuses que salen desde la Biblioteca Pública de Nueva York (en el centro de Manhattan). Voy a relatar un esquema de tiempos real (el que tuve que realizar en mis dos participaciones, en los que, en ambos casos, tenía la salida en la primera oleada a las 9h 40 minutos de la mañana).


En mi primera participación (en el 2010) opté por el Ferry de Staten Island. Aquel año yo pernoctaba en Harlem, por lo que necesitaba de más de media hora para llegar a Battery Park, lugar desde el que sale el ferry. La organización me asignó un ferry a las 5h 30 minutos, por lo que echen cuentas… Para asegurarme estar allí a esa hora, me tuve que levantar cerca de las 4.30 (más de cinco horas antes de la carrera). En mi última participación, este año 2019, opté por los autobuses. También me asignaron uno a las 5.30, por lo que, aunque mi hotel estaba a 20 minutos andando, el madrugón (en este caso a las 4.40) no me lo quitó nadie. Tanto la combinación ferry+autobús, como autobús, te dejan en el Fort Wasdworth a eso de las 6h 30 minutos de la mañana. Lo mejor de esto son las vistas que se pueden disfrutar tanto desde el ferry como desde los autobuses, a esas horas de la mañana.
Allí te esperan unas fuertes medidas de seguridad para entrar en el recinto (donde solo pueden entrar corredores y voluntarios). Lo cierto es que la organización, con miles de voluntarios y con ayuda de la policía metropolitana, lo hacen todo rápido y hay pocas colas, y en unos minutos estás dentro. A esa hora, en Staten Island, hace frío. Hace mucho frío. Lo primero que hace la mayoría de la gente, es buscar un “buen lugar” para montar un mini-campamento de espera. Allí vas a pasar un buen rato, e interesa que el lugar esté algo resguardado del aire y que la sensación térmica no sea aun peor. A medida que pasa el tiempo, los buenos lugares escasean, y se pelea por un trozo libre de césped o de suelo. Si vas acompañado, tienes la ventaja de que mientras alguien “cuida” de tus cosas, puedes explorar y ver todo lo que allí se te ofrece. Si vas solo, tienes que optar por explorar y luego aposentarte o al revés. Porqué por allí tienes varias cosas que descubrir.

El Fort, está dividido en tres “ciudades”, una para cada uno de los colores de las tres “corrientes” en las que está organizada la maratón: azul, verde y naranja. Y cada zona, tiene replicado en su interior, las mismas “atracciones”. En cada zona hay una carpa para corredores VIP, en cuyo interior, supongo, tendrán de todo lo que los populares tenemos fuera, y algo más. Fuera hay tres cosas importantes de controlar: 1) el lugar donde están los furgones donde hay que dejar la bolsa con la ropa; 2) el lugar donde están los corrales de salida, y 3) el lugar donde están los urinarios (porque con el frío que hace, seguro que lo vas a necesitar más de una vez). Además, hay distintas zonas donde se ofrecen distintos productos, de forma temática (si quieres de todo, tienes que darte una vuelta por los distintos lugares): agua, isotónicos, productos energéticos, plátanos, bagels, café y té caliente, … En un puesto ofrecían gorros de felpa para el frío. Todo patrocinado por las marcas respectivas.
Como hace mucho frío, mucha gente se acurruca en algún lugar cubierto de ropa de abrigo (desde mantas hasta sacos de dormir, pasando por material de ski de segunda mano, edredones, chaquetones viejos, … la imaginación al poder) a la espera de que lleguen los distintos “deadlines”. Hay algunos novatos que no han valorado bién la combinación tiempo de espera/frío, y lo pasan muy mal. No sobra ninguna ropa de abrigo, y lo mejor es hacerse con prendas viejas o de segunda mano que luego se pueda abandonar.

El primero de los “deadlines” es la hora a la que hay que dejar la ropa en el furgón que la va a llevar hasta la meta. En el caso de la primera oleada (9h 40 min.), el tiempo límite es las 8h 10m. A partir de ese momento, toda la ropa que te quedes, salvo la que lleves para correr, la tendrás que “donar” en los contenedores preparados al efecto. Te queda más de hora y media de mucho frío por delante. El segundo “deadline” es la hora de cierre de tu corral; en mi caso las 9h 20 min, media hora antes de la salida. Dentro del corral hay urinarios y contenedores para ropa. 15 minutos antes de la salida, se quitan los límites entre corrales y la gente se mueve hacia la línea de salida mezclándose todo el mundo. Antes de ese momento, la mayoría de la gente, se queda con la ropa que va a correr. Luego en la mismísima línea de salida, aun se tiran camisetas y sudaderas sobrantes.

Vivir esa espera, es también una gran experiencia. Miles de personas, concentradas en un mismo lugar, compartiendo el mismo sueño de correr la maratón más famosa del mundo, junto al mítico puente de Verrazano, es una experiencia que merece la pena vivir. A poco que uno se pare a observar a su alrededor, disfrutará de miles de pequeños detalles que te harán solidario con todas esas personas que comparten contigo esa experiencia casi mística. Personas que han venido de todas las partes del mundo, que hablan todas las lenguas. Frio, nervios, emoción, excitación, miedo, dudas. A la incertidumbre que provoca enfrentarse a cualquier maratón, se añade el hecho de que esta es “la maratón”, la más famosa, la que todos quieren correr. Y tú eres un privilegiado que estás allí en ese momento. Aunque la ansiedad gobierna muchos de los corazones que allí palpitan, y el frío te hace desear que el tiempo pase rápidamente, sabes que ese momento, el de los minutos previos a la gran maratón, es quizás el mejor momento del día, antes de que empiece todo. Merece la pena saborear cada instante, fotografiar con la memoria cada detalle, para que cuando todo haya pasado, y pasa muy rápido, te lleves en la mochila de la vida toda esa experiencia.

Cuando se da la salida, a las 9h 40 minutos, la mayoría de los que allí estamos, llevamos más de cinco horas levantados. Llegó el momento. Ya nos agolpamos hasta, prácticamente, la misma línea de salida. Aún quedan algunos minutos. Se hacen las presentaciones de las estrellas que van a correr. Se canta el himno del EEUU a capela. Se hace un silencio sepulcral. Suena un cañonazo y la aventura comienza. El sol ya empieza a coger altura y empieza a regalarnos destellos de calor. Y la cálida voz del neoyorkino nacido en New Jersey, posiblemente el más famoso “newyorker”, nos invita a conquistar la ciudad y nos lanza al puente de Verrazano: “I want to be a part of it, New York, New York”. Millones de personas de todo el mundo están viendo ese momento por televisión y, posiblemente muchos familiares y amigos que saben que estás allí, que eres uno de esos puntitos de color, tienen un pensamiento de ánimo. No es fácil llegar hasta allí y ahora toca correr.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Maastrich, ciudad fronteriza



Existen ciudades donde se juntan las fronteras de varios países (en Europa tenemos algunas). Son ciudades muy peculiares, porque a lo largo de la historia van amalgamando un cultura diversa y enriquecedora, donde el trasiego de personas, ideas, mercancías, … enriquece mucho la vida de los que allí habitan. A cambio tienen que pagar un cierto peaje por ser lugar de paso, pero esto es un mal menor comparado con el beneficio que implica estar en el borde de varios países. Una de esas ciudades es Maastrich, ciudad holandesa prácticamente metida en Bélgica y en Alemania, tanto que sus habitantes se sienten ciudadanos de la llamada euroregión Mosa-Rin (Maastrich-Aachen-Lieja-Hasselt). Es una ciudad que recuerda poco a las típicas ciudades holandesas del norte, llenas de canales que los hacen característicos de las ciudades de Holanda. Lo que si tiene es un gran río, el Mosa (Maas, en holandés, que da nombre a la ciudad “Cruce del Mosa”). Maastrich entró en nuestras vidas cuando en 1992 se firmó allí el Tratado de la Unión Europea. Ese año, esta pequeña ciudad de menos de 200.000 habitantes pasó a la historia del siglo XX.

 ¿Por dónde correr en Maastrich?. Como en todas las ciudades con río, esta es la primera y mejor opción. Hay un pequeño parque al sur, que se queda muy pequeño, y el centro histórico, muy bonito, se queda también corto para un buen entrenamiento. Pero como siempre en estas ciudades, el río sale en nuestra ayuda. Es un río grande, con riveras preparadas para andar o correr durante kilómetros y numerosos puentes que unen ambos lados.



Maratones que he corrido

  • Maratón de Madrid: 2004 (3h 58m), 2005(3h 56m 42s), 2006(4h 15m 34s), 2007 (4h 06m 49s), 2009 (3h 40m 20s), 2012 (3h 19m 36s), 2013 (3h 13m 59s), 2014 (3h 40m 58s), 2015 (3h 19m 33s), 2017 (3h 58m 12s), 2018 (3h 45m 4s), 2019 (4h 6m), 2021 (4h 11m 56s)
  • Maratón de Donosti: 2007 (4h 4m 52s), 2017 (3h 38m 40s)
  • Maratón de Toral de los Vados: 2008 (4h 11 m 16s)
  • Maratón de Marrakech: 2009 (3h 58m 4s)
  • Maratón de Oporto: 2009 (3h 30m 34s)
  • Maratón de Zaragoza: 2009 (3h 56m 32s)
  • Maratón de Sevilla: 2010 (3h 47m 27s), 2019 (3h 50m 13s)
  • Maratón de Boston: 2010 (3h 29m)
  • Maratón de Nueva York: 2010 (3h 28m 38s), 2019 (3h 55m 38s)
  • Maratón de Málaga: 2010 (3h 52m 16s)
  • Maratón de París: 2011 (3h 29m 43s)
  • Maratón de Berlín: 2011 (3h 23m 28s)
  • Maratón de Castellón: 2011 (3h 20m 14s)
  • Maratón Misteriosa (Tres Casas, Segovia), 2013 (3h 54m)
  • Maratón de Chicago: 2013 (3h 25m 37s)
  • Maratón de Londres: 2014 (3h 27m 58s), 2016 (4h 1m 18s)
  • Maratón de Amsterdam: 2014 (3h 28m 6s)
  • Maratón de Lisboa: 2015 (3h 34m 56s)
  • Maratón de Valencia: 2016 (3h 40m 32s)
  • Maratón de Tokio: 2017 (3h 39m 38s)
  • Maratón nocturna de Bilbao: 2018 (3h 44m 32s)
  • Maratón de Valdebebas: 2020 (4h 01m 49s), 2021 (4h 20 min.)
  • Maratón de Polvoranca: 2021 (4h 39m 25s)

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