El aprendiz de maratoniano

Historias sencillas de carreras

viernes, 29 de octubre de 2010

Maratón de Nueva York: cuando llega el librito


Ya sabéis, una maratón se empieza a correr cuando uno piensa en correrla. A partir de ese momento uno empieza a poner ilusión en ese proyecto. EN el caso de la Maratón de Nueva York, en mi caso, podría decirse que eso ocurrió hace bastantes años. De hecho, si hoy corro maratones es porque un día pensé en correr en Nueva York y decidí que antes de intentarlo tenía que foguearme antes en alguna “menos importante”. Y por eso llegaron cinco maratones de Madrid, San Sebastián, Toral de los Vados, Marrachech, Oporto, Zaragoza, Sevilla, Boston,… Y ya van doce. Llevaba dos años jugando a la Lotery de New York (*) y pensaba que hasta el cuarto año no podría correrla, pero a finales del año pasado, conseguí mi “qualifying time” gracias a una media maratón. E inmediatamente pedí que me lo homologaran y me inscribí. Por fin iba a llegar NY. Pasé el verano entrenando pensando ya en NY y todos estos meses afanándome para llegar bien a la cita, para poder disfrutarla. Y se acerca el momento. Ya desde hace un par de semanas, cuando lees o ves noticias de la maratón (al estar inscrito, la organización te manda regulares “newsletteres”), empiezas a ponerte nerviosito. Y ya desde hace días empiezas a sufrir el llamado síndrome de la maratón (se le llama realmente de una forma algo más fea) y es que empiezas a ver nubarrones por todos los lados: que si hoy me siento muy pesado corriendo ¿estaré bién?, que si he empezado a coger algo de peso, que si me empieza a doler aquí o allá, que si tengo tos,… Pasa en casi todas las maratones que he corrido, y por lo que se le pasa a mucha gente. Nos escudriñamos con todo detalle persiguiendo cualquier anomalía física que nos pueda alejar del sueño de cruzar el 7 de Noviembre el puente de Verrazano con otros miles de ilusionados maratonianos, en esa imagen tan repetida por televisión. Hoy faltan ocho días y me encuentro en el correo “el librito”. Ya al ver el sobre con el logo de “New York Runners” el corazón se empieza a acelerar. Es el “Official Handbook”, que ya me había bajado de internet, pero este es el auténtico, con sus fotos, colores, mapas, pistas, trucos, publicidad. Ya lo había mirado, pero bvuelvo a leerlo con detenimiento, con delectación. Disfrutando de cada página, de cada anuncio. Ya ha llegado “el librito”. El movimiento de mariposas en el estómago empieza a ser insoportable.

(*) Para correr en NY, o pagas a una agencia mucho dinero, o tienes "qualifying time", es decir un tiempo acreditado según tu edad, o puedes intentar conseguir el dorsal en una Lottery que si no te toca, alcuarto año de intentarlo te invitan (pagando, claro)

sábado, 16 de octubre de 2010

Florencia, desde mis zapatillas (2)

Mi anterior visita a Florencia fue muy rápida. Prácticamente un paseo nocturno (y una carrera diurna) mediante el que pude acercarme a la piel de esta ciudad considerada como la capital del Renacimiento. La visita fue tan breve que no me dio tiempo a enamorarme de la ciudad. Porque conocer Florencia con cierto margen de tiempo tiene el riesgo de enamorarse de la ciudad. En esta ocasión he tenido la oportunidad de poder visitar con más detenimiento algunas de las joyas de Florencia y de disfrutar con la boca abierta, por el asombro, de algunas de las obras maestras más importantes de nuestra civilización occidental. Pintura, escultura, arquitectura (y también literatura, aunque para disfrutar de esta no hace falta venir a Florencia).
En cualquiera de las iglesias de Florencia, llama la atención la presencia de obras maestras. En forma de estatua, de relieve, de tumba, sobre lienzos, frescos que aún quedan cubriendo muchas de las paredes de la mayoría de las iglesias. Algunos templos aun conservan una gran parte de los frescos originales, en la mayoría de los casos bien restaurados. Resulta sencillo imaginar lo impresionantes que debieron ser cuando en su esplendor todo su interior estaba cubierto de frescos a modo de pequeñas capillas sixtinas. Por si fuera poco, uno puede impresionarse con pintura visitando la Galería delli Ufizzi, donde no hay la abundancia de escuelas ni el tamaño de nuestro museo del Prado, pero donde podemos encontrar piezas únicas, maestras, incomparables, de todos los grandes maestros del Renacimiento. Florencia es además la ciudad de la escultura. Por cualquier sitio nos encontramos estatuas, de bronce, de mármol. La gran estrella es, cómo no, Miguel Ángel, y su David perfectamente situado en la Academia, pero no olvidemos obras como el Perseo, o el rapto de la Sabinas (en la Logia dei Lanci), ni los monumentos funerarios de la familia Medici, en la capilla del mismo nombre, ni tantas otras obras maestras. Y esa iglesia de la Santa Cruz… Si, esta vez he tenido tiempo suficiente de enamorarme de Florencia. Dejo esta ciudad con el dolor que se siente al dejar un ser querido, pero con la esperanza de volver algún día.

Una estancia algo más larga me ha permitido explorar algún nuevo circuito para correr por la ciudad. Durante varios días he corrido en paralelo al río, desde el puente Americo Vespucci, alcanzando el parque dele Cascini. Es un recorrido plano que permite disfrutar de una agradable vista y entorno, que se comparte con muchos otros corredores, ciclistas, paseantes,… Hay varios kilómetros marcados en el suelo cada cien metros. El único aspecto negativo en que en algunas zonas uno se cruza con nubes de mosquítos pequeñísimos que ni tan siquiera se ven, pero que te cubren todo el cuerpo. Afortunadamente las nubes duran unos cuantos metros que te obligan a hacer un improvisado farlek. Una alternativa a este circuito (para evitar los mosquitos) es cualquiera de las vías paralelas que corren por el parque más hacia el interior de la ciudad, pero esto queda para otro viaje.

Una vez más, las zapatillas me llevaron a un paraje bellísimo: la vista que de Florencia se puede disfrutar desde la Iglesia de San Miniato del Monte, al otro lado del río. Por recomendación de mi amigo y colega Efraín, un día enfilé por el Ponte Veccio hacia la calle de San Giorgio. Mi amigo no me advirtió de la cuesta que me esperaba, pero apretando los dientes llegué a lo alto de la calle, casi donde confluye con el Forte di Belvedere (a mitad de la cuesta está una de las supuestas casas de Galileo). El camino que lleva hacia San MIniato discurre por un desvío que se toma hacia la izquierda, una vez uno se encuentra con el Fuerte Belvedere, pero por error me fui por la Vía de San Leonardo hasta que llegué al Vial Galileo lo que aumentó mi sufrimiento un par de kilómetros. Cuando caí en mi error, di la vuelta y por casualidad conseguí dar con el camino que lleva casi hasta la base de la subida desde el río, cuesta que acaba en una escalinata que conduce directamente a la Iglesia. Cuando corres hacia arriba no eres consciente de la vista que se va construyendo a tu espalda. Cuando llegas, recuperas el resuello y te das la vuelta, VES Florencia. De un vistazo toda la ciudad, a la derecha el Duomo y el Campanile. Un poco más cerca el Palazzo Vecchio, el río, los puentes… Esta es LA VISTA, la mejor vista de Florencia. La ciudad en todo su esplendor. Mereció la pena el esfuerzo. Merece la pena llegar hasta allí solo para disfrutar de esa imagen que será difícil olvidar.

Si, esta vez me va a resultar más difícil olvidar Florencia.


Fotos cortesía de mi compañera Mónica :-)

lunes, 13 de septiembre de 2010

Bruselas


Siempre que viajo a Bruselas es para una reunión, como a casi todos los sitios que viajo por motivos de trabajo. Pero en Bruselas siempre las cosas van muy ajustadas de tiempo y la agenda suele ser aeropuerto-reunión-hotel-reunión-aeropuerto, sin tiempo para ver nada. Aun así, son tantas las veces que he tenido que viajar a Bruselas que cada vez vas viendo cosas. Especialmente, siempre procuro sacar un rato para ir a pasear por la Gran Plaza. EN este caso, las cosas pintaban mal, pero un cambio de agenda de última hora me dio un par de horas libres por la tarde. Como ya no viajo sin mis zapatillas, ¿Qué mejor ocasión para darme una vuelta por Bruselas y volver a ver la Gran Plaza?.Mi hotel está cerca de la Plaza Louise. Desde allí me dirijo hacia el cercano Palacio de Justicia. Desde allí, por la calle de la Regencia, se llega al Parque de Bruselas, uno de los sitios donde los locales van a correr. Se entra por la esquina que comparte con el Palacio Real, majestuoso, pero un poco gris si lo comparamos con otros, in cluyendo el de Madrid. El Parque de Bruselas es un lugar agradable para correr. Tiene forma rectangular, el suelo es de arena, la temperatura perfecta (un poco fresco, pero no mucho), un poco húmedo,… En un lado del parque hay una preciosa fuente redonda (dicen que representa un símbolo masónico). Después de dar unas vueltas decidí dirigirme a mi objetivo: la Gran Plaza.
Salí por la misma esquina por la que entré y antes de cruzar el precioso parque que hay junto al palacio de exposiciones, atravieso la calle Ravenstein. Esta calle tiene un especial recuerdo para mí. Durante años estuve asistiendo a reuniones de un comité que se celebraban en un edificio antiguo situado al principio de esta céntrica calle. MI primer encuentro con Bruselas fue por culpa de esas reuniones. Al final del parque hay un espacio abierto donde han situado distintas esculturas. Y de ahí, callejeando se llega a la Gran Plaza.
Siempre que he estado en la Gran Plaza me ha parecido una de las plazas más hermosas que he visto. Perfectamente conservada, con su suelo de adoquín. Con esos edificios renacentistas y góticos civiles (tan difíciles de ver en España, donde casi todo el gótico es religioso). Tiene un encanto especial, y siempre merece la pena visitarla. Corro un par de vueltas entre los turistas, que me miran como si fuera un marciano. Paso fugazmente para ver a los muñecos de soldados ahorcados de la taberna ‘El rey de España’ (en Flandes no dejamos un buen recuerdo, creo) y salgo de la plaza por una de las calles laterales del Ayuntamiento (Karel Bulsstraat), para hacer una breve visita al Niño Meón de Bruselas (Manneken Pis). Antes de llegar al Menneken Pis, a la izquierda hay la estatua en bronce de un personaje acostado (un príncipe muy querido por la ciudad). Dicen que tare suerte tocarlo y la estatua está totalmente pulida de los sobeteos que le da el personal supersticioso. A un par de calles está el Niño Meón, una de las estatuas de referencia en Bruselas. Si alguien espera algo espectacular, que se olvide. Es muy, muy pequeño. En esta ocasión vestido con un uniforme para la ocasión (posiblemente alguna conmemoración de la ciudad; al niño se le viste con frecuencia en función de las festividades), por lo que no lo vi en su habitual desnudez.
Volví a la plaza sobre mis pasos para regresar al hotel. Ahora el regreso es cuesta arriba y ya empiezan a pesar un poco las piernas. Gracias a mis zapatillas volví a disfrutar, aunque de forma un poco apresurada, de la Gran Plaza.


Fotos cortesía de mi compañera Mónica

domingo, 5 de septiembre de 2010

Dos meses para Nueva York


La primera vez que visité Manhattan, me parecía que ya había estado allí. Cualquier aficionado al cine, ha visto innumerables secuencias en películas donde se ven edificios, vistas, entornos de esta ciudad. Por eso cuando paseas por primera vez por sus calles no te sientes extraño. Parece que ya has andado por allí, y aunque parezca mentira sientes un poco que esa ciudad es tu ciudad. He vuelto a Nueva York muchas veces. Y tengo recuerdos imborrables de mis visitas a Nueva York. Allí he estado con mi mujer y mis hijos, con amigos, con compañeros de trabajo. También con personas que me han hecho daño. EN Nueva York me he encontrado algún famoso paseando por la Quinta Avenida, he visto un desfile del orgullo Gay, he regateado en el barrio chino, he visto jugar al baloncesto en sus calles, he vivido la mayor tormenta con rayos de mi vida, he pasado frío y calor, jugar y apostar partidas rápidas de ajedrez en la esquina del parque Washington, he visitado todos los puntos de referencia (incluyendo las torres gemelas antes y después del 11 S), la pista de hielo del Rockefeller Centre, he tocado el piano gigante de Fao Swartz, subido al Empire (de día y de noche), he comprado un diamante en la calle 47, me he comido un perrito en la calle, he visto donde mataron a Lennon,… y siempre que vuelvo, regreso a muchos de estos lugares, bien porque me apetece, bien porque hago de guía gratuito para los amigos con los que suelo viajar. Cuando estoy solo, suelo regresar a mis sitios favoritos (que cada vez cuento menos porque con los años te vuelves egoísta). Y nunca me canso de volver a esa ciudad, que es de todos, porque así lo ha querido el cine.

También he corrido por Nueva York. Siempre que viajo, voy con mis zapatillas y he tenido la suerte de correr por sus calles y avenidas, y por Central Park. Correr por Nueva York, es cumplir con el sueño de cualquier corredor, porque también el cine ha convertido en un icono el correr por esta ciudad. Y la ciudad respeta a los que corren, sabiendo que es un atractivo más de la ciudad. Y Central Park está hecho para correr por sus calles y rincones. Nunca te sientes solo corriendo por Central Park. Siempre hay gente corriendo, da igual la hora o el día.

Y otro sueño de cualquier corredor es correr algún día la Maratón de Nueva York. Esa imagen repetida todos los años por televisión de miles de corredores atravesando sus puentes es un poderoso imán para los que corremos como afición. Y esa multitud animando por las calles y sobre todo al entrar en Central Park…

Tengo la suerte de estar a dos meses de ese sueño, que no es tan fácil de conseguir. Ya estoy metido de lleno en la preparación de esa carrera, para que si llego al corral de salida, poder disfrutar al máximo de esa experiencia. Ya pienso en las muchas etapas que todavía me quedan por cubrir para estar en ese corral: entrenamientos, carreras, viaje, feria del corredor, madrugón, ferry de Staten Iland, las carpas,… Pienso vivirlas todas con toda la intensidad que pueda, porque luego todo pasa muy rápido. Empecé a correr maratones para poder estar algún día en ese corral.

Si no me ocurre nada imprevisto, espero correr la Maratón de Nueva York dentro de dos meses y dos días. Será mi maratón número 13, mi segunda Major después de Boston. Ya vuelvo a tener esas mariposas en el estómago.

sábado, 14 de agosto de 2010

¿Cómo has quedado en la Maratón?

Esa es la pregunta. Esa es la pregunta que peor sienta a un corredor popular que corre maratones. O quizás siente peor ¿en qué puesto has quedado en la maratón?, que es parecida. Y por lo que he hablado con algunos corredores profesionales, a ellos tampoco les hace mucha gracia.

Hace tiempo, un periodista le preguntaba a un corredor de maratón, antes de la prueba, qué cómo veía a los rivales, de cara a la posibilidad de vencerles. El corredor le dejó literalmente planchado (en un periodista deportivo el desconocimiento es más grave) contestándole: “en la maratón no hay rivales; tú eres tu propio rival; el resto de corredores son compañeros”.

Hacer este tipo de preguntas refleja un profundo desconocimiento de lo que es un maratón. Que es mucho más que una carrera. Mucho más que una distancia.

Sin considerar el factor humano, del que luego hablaré, existen numerosos posibles problemas que pueden provocar que no acabes una maratón. Suponiendo que la hayas preparado correctamente (es decir, que durante varios meses te hayas sometido a un entrenamiento específico donde combinas sesiones de muchos kilómetros con otras de menos pero más intensas, series de calidad, gimnasio, etc; y esto es igual seas popular o profesional, en el caso de estos últimos multiplicado por dos o por tres…), corriendo una maratón, después de un determinado instante donde ya has consumido todos tus hidratos de carbono, empiezas a tirar de glucógeno y después de grasas, y llega un momento donde no tienes nada de lo que tirar, nada que quemar, y llegar a meta es un puro ejercicio mental. Pero además puede hacer frío, y puedes entrar en hipotermia (no tienes calorías que te permitan generar calor), o puede hacer mucho calor y te puedes deshidratar, o sufrir un colapso por falta de sales. Puede nevar, llover, hacer viento.

Pero a todo lo anterior hay que sumarle el factor humano: tú y tu cabeza. Tú y tus decisiones. Te puedes equivocar y elegir mal el ritmo de carrera, y los síntomas de agotamiento pueden aparecer muchos kilómetros antes. O te puedes equivocar en el tipo de entrenamiento que a ti te conviene, y el sufrimiento al final de la carrera puede ser inaguantable. O sencillamente, no has entrenado suficiente y no estabas preparado para afrontar ese esfuerzo. O no te has alimentado bien las semanas previas a la carrera, no almacenando la suficiente energía para superar los primeros treinta kilómetros con cierta dignidad. O has elegido mal la ropa que llevas, la gorra o la camiseta. O no te pusiste suficiente vaselina allí donde más roza. O se te ocurrió probar un nuevo gel de glucosa en la carrera y te sentó mal. Pero incluso entrenando bien, eligiendo bien el ritmo, hidratándote de forma correcta, alimentándote de forma apropiada, incluso haciendo todo eso bien, por alguna causa no prevista te puedes lesionar a mitad de carrera y esa lesión te obligará a dejarla: calambres, tirones,… ¿son lo suficientemente graves? No distingues si ese dolor puede ser importante o es solo fruto de la propia carrera. Tu cabeza empieza a cavilar la posibilidad de retirarte, más que nada porque si te pasas, a lo mejor es tu última carrera. Solo después de correr varias maratones puedes (y no siempre) distinguir lo que es ‘normal’ de lo que es ‘extraordinario’, teniendo en cuenta que todo lo que sientes es extraordinario.

Se puede correr una maratón de diversas maneras, pero si la corres tratando de cumplir un objetivo de tiempo, siempre se sufre. Seas popular o seas profesional. Llegará un momento donde ese sufrimiento hará que tu cabeza te plantee dudas. Sobre si debes seguir o abandonar. Sobre si merece la pena ese sufrimiento. Y es ahí donde la fortaleza de tu mente te permite superar esas dudas y seguir adelante no con las piernas, sino con la cabeza. Corres como un autómata. ‘No hay dolor’, piensas zancada tras zancada. No te paras, porque sabes que como pares es posible que no vuelvas a correr. Te apoyas en esos amigos que te gritan al final dándote ánimos, llevándote en esa nube que solo conocen los que han estado allí arriba.

Cuando acabas una maratón, donde a veces renuncias a mejorar tu tiempo por ayudar a un amigo, o para evitar una lesión, o donde la lluvia o el calor han convertido la carrera en algo realmente duro y aun así te ves recorriendo esos últimos 192 metros con la pancarta de META al fondo, o donde después de sufrir mucho consigues tu objetivo ‘sub-algo’ y te sientes como si hubieras batido el record del mundo (de hecho has batido TU record del mundo), sientes una felicidad difícilmente comparable con nada. Has terminado, lo has conseguido. Acabar una maratón, acabes como acabes, siempre es un triunfo, porque has superado todo un mundo de inconvenientes, y sobre todo porque tu cabeza ha vencido a tus piernas.

Cuando después de esa experiencia casi mística alguien te pregunta: ¿En qué puesto has quedado? O ¿cómo has quedado?, realmente no sabes ni qué contestar ni cómo tomártelo. Yo, desde hace mucho tiempo siempre contesto lo mismo: “Quedé primero de mi categoría”. A veces, alguno de los ignorantes que preguntan, insisten: ¿Cuál es tu categoría? Y mi respuesta, siempre sonriendo, siempre es la misma o parecida: “varones nacidos en Melilla el 4 de mayo de 1959” (hasta ahora, que yo sepa, siempre he sido el único y el primero en mi categoría).

miércoles, 11 de agosto de 2010

Sudor

Recorrido Playazo-Camino de Arriba-Camino de En Medio-Playazo

Antes de empezar a correr, ya estoy sudando. No sé a qué temperatura estamos, pero hace mucho, mucho calor y hay mucha humedad. Arranco justo en la desembocadura del río Chillar, en un lado de la playa conocida como el Playazo. Y echo a correr hacia Marinas de Nerja por el camino que bordea la playa. El camino es llano y corre una ligera brisa, pero la llevo a la espalda, por lo que no noto ningún alivio térmico. El calor es aplastante. Intento fijar un ritmo cómodo, pero incluso yendo despacio se hace fatigoso el correr. No han pasado cinco minutos y ya tengo en la camiseta un medallón del tamaño de un melocotón a la altura del esternón y otro un poco más pequeño a la altura del ombligo. Sudor.

Siempre he dicho que me gusta correr con calor, porque hasta que no rompo a sudar no me encuentro cómodo… Ahora no te quejes.

Llego al final del Playazo y tuerzo a la derecha para, cruzando la antigua N-330, tomar la rivera de un arroyo seco que cae al mar entre cañaverales. El camino es como una mufla de cañaverales, donde el poco aire que corre es caliente. Ya no tengo medallones en la camiseta, sino una banda ancha que me cubre todo el pecho de arriba abajo. Sudor.

Paso por delante de la entrada al ‘Camino de En medio’ una carretera rural que discurre paralela al mar, por encima de la antigua nacional, entre huertos, un camino agradable de pasear (cuando el sol ha caído). Pero sigo adelante entre los cañaverales, hasta encontrar lo que yo llamo ‘el camino de arriba’. Está más alejado del mar, pero también discurre paralelo al mar entre huertas. La diferencia es que, desde este lugar, tiene por delante un desnivel importante hacia arriba. Siete cuestas, o cinco cuestas, según se cuenten. Algunas de desnivel importante. El paso se reduce, y noto que todo mi cuerpo suda.

Solo llevo recorridos 3 km y tengo de cara una de las cuestas de más desnivel, cuando casi estoy arriba, me caen unas gotas en las manos. ¡No puede ser, no puede estar lloviendo! Mi gorra se había empapado y desbordaba el sudor por la visera. No era lluvia, solo sudor.

AL final del Camino de Arriba, se llega a un pequeño polígono y a través de una pequeña carreterita a la antigua carretera de Frigiliana (hoy ramal que une la antigua N-340 con la autovía A7). Tiro hacia abajo, un respiro de cuesta abajo. Esta vez el viento me da algo de cara, por lo que se mitiga un poco la sensación de asfixiante bochorno.

Al llegar a la rotonda esta la entrada, por el otro lado, del Camino de En medio. Es un paseo agradable cuando no hay sol, ya que es un falso llano, que tomado desde este lado pica más hacia abajo que hacia arriba. La mayoría del camino permite ver a la izquierda, al fondo, el mar. De frente la montaña. Y a los lados las huertas llenas de todo tipo de frutales: platano, mango, limón y, sobre todo, aguacate. Para algo estamos en la parte más tropical de Europa. También se ven parras, melones, chumberas, un poco de todo. Y sobre todo soledad. Y la mayoría del tiempo silencio. Silencio que solo se rompe de vez en cuando con algún perro que trata de defender sus dominios detrás de una verja, alguna moto rural que viene o vá y las chicharras, que con tanto calor, entran en sintonía y vibran de forma característica. Se acabó el aire de levante que me daba de frente y otra vez me oigo respirar y noto como el sudor me cae, haciéndome cosquillas, por la espalda.

AL final del camino se vuelve a llegar al sendero en la vereda del arroyo seco, en medio de dos filas de cañaverales. Aunque la ligera brisa esta vez es de frente, apenas se nota y vuelve a arreciar el bochorno. Por fin llego a la N-340 que cruzo para llegar, de nuevo, a El Playazo.

La entrada a la playa se hace a través de una pequeña vaguada (de hecho la desembocadura del arroyo seco, que marca territorio para dejar memoria de que de vez en cuando trae agua), y se nota, aunque parezca mentira que pueda hacer más, un bofetada de calor. A los pocos metros de correr junto al mar, una pequeña brisa te ayuda a sobrevivir.

Ya solo me queda poco más de un kilómetro para llegar a mi meta, pero ese kilómetro, totalmente llano, se me hace muy cuesta arriba. Me quito la camiseta, totalmente empapada, para darme la ilusión de que así tengo menos calor, y por lo menos me quito un peso de encima. En los últimos metros, la pesadez de las cuestas del Camino de Arriba me pasa factura. Y finalmente llego. AL ritmo que he corrido, muchos de mis amigos corredores dirían que he hecho unos pocos kilómetros ‘basura’, pero yo me siento igual de feliz que si hubiera acabado, por lo menos, una media maratón.

Busco una sombra con desesperación para poder estirar, y después de diez minutos, satisfecho, me voy a bañar. Allí donde estuve estirando dejé en el suelo un charco de sudor. Solo sudor.

Maratones que he corrido

  • Maratón de Madrid: 2004 (3h 58m), 2005(3h 56m 42s), 2006(4h 15m 34s), 2007 (4h 06m 49s), 2009 (3h 40m 20s), 2012 (3h 19m 36s), 2013 (3h 13m 59s), 2014 (3h 40m 58s), 2015 (3h 19m 33s), 2017 (3h 58m 12s), 2018 (3h 45m 4s), 2019 (4h 6m), 2021 (4h 11m 56s), 2022 (4h 8m), 2023 (4h 11m 51s)
  • Maratón de Donosti: 2007 (4h 4m 52s), 2017 (3h 38m 40s)
  • Maratón de Toral de los Vados: 2008 (4h 11 m 16s)
  • Maratón de Marrakech: 2009 (3h 58m 4s)
  • Maratón de Oporto: 2009 (3h 30m 34s)
  • Maratón de Zaragoza: 2009 (3h 56m 32s)
  • Maratón de Sevilla: 2010 (3h 47m 27s), 2019 (3h 50m 13s)
  • Maratón de Boston: 2010 (3h 29m)
  • Maratón de Nueva York: 2010 (3h 28m 38s), 2019 (3h 55m 38s)
  • Maratón de Málaga: 2010 (3h 52m 16s)
  • Maratón de París: 2011 (3h 29m 43s)
  • Maratón de Berlín: 2011 (3h 23m 28s), 2022 (4h 5m 40s)
  • Maratón de Castellón: 2011 (3h 20m 14s)
  • Maratón Misteriosa (Tres Casas, Segovia), 2013 (3h 54m)
  • Maratón de Chicago: 2013 (3h 25m 37s)
  • Maratón de Londres: 2014 (3h 27m 58s), 2016 (4h 1m 18s)
  • Maratón de Amsterdam: 2014 (3h 28m 6s)
  • Maratón de Lisboa: 2015 (3h 34m 56s)
  • Maratón de Valencia: 2016 (3h 40m 32s)
  • Maratón de Tokio: 2017 (3h 39m 38s)
  • Maratón nocturna de Bilbao: 2018 (3h 44m 32s)
  • Maratón de Valdebebas: 2020 (4h 01m 49s), 2021 (4h 20 min.)
  • Maratón de Polvoranca: 2021 (4h 39m 25s)

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