El aprendiz de maratoniano

Historias sencillas de carreras

sábado, 13 de noviembre de 2010

Maratón de Nueva York: mi crónica.

El entorno del maratón

Una maratón, no es solo la carrera. Es una ciudad, un recorrido, una organización, unos habitantes de esa ciudad,… ¿Y qué se puede decir de Nueva York que no se haya dicho? Ni siquiera voy a intentarlo. Solo decir que ya he estado en esta ciudad en muchas ocasiones y que siempre me gusta volver. Cuando vuelvo a Nueva York, pese a que nunca he pasado mucho más de 4 ó 5 días seguidos, siento que vuelvo a un lugar que considero mío. Es posible que la culpa la tenga el cine y la televisión, porque realmente la primera vez que visitas NY ya sientes que es como si hubieras estado allí. Y cada vez descubres algo nuevo, pese a que mi situación de veterano visitante de la ciudad, hace que muchas veces tenga que hacer de guía de mis acompañantes y eso me obliga a volver a los “sigths” recurrentes. Esta vez he tenido la suerte de viajar con toda mi familia y ha sido realmente especial (mi mujer Ana y mis hijos Mario y Rocío). Todos ellos conocían Manhattan, pero esta vez han descubierto alguna cosa más. Entre otras el Museo de Historia Natural, que como muchas cosas de NY te deja con la boca abierta.

Y en esta ciudad viven los neoyorquinos, típicos habitantes de gran ciudad (en este caso muy grande). Es decir con prisas y poco amables en la mayoría de los casos. Y entre ellos, millones de personas que hablan español, lo que hace la ciudad muy accesible para los españoles. Y muchos neoyorquinos consideran la maratón de NY como algo suyo, lo que hace que se vuelquen en la carrera desde que los corredores pisan Brooklyn desde el puente de Verrazano. Casi se diría que en cada uno de los cinco condados compiten por ver dónde se anima más. Algo parecido viví en Boston, aunque aquí, como toda la carrera discurre por calles de la ciudad, el número de personas animando es mucho mayor. Sin embargo, el ambiente de la carrera los días previos, está mucho más diluido en la ciudad que en Boston, donde se respira maratón por todos lados desde varios días antes. En España hay muy pocas carreras donde una población de un barrio se echa a la calle para volcarse con su carrera. Algo así como la devoción que sienten los Vallecanos por su San Silvestre que hace costumbre la última noche del año bajar a la calle a animar a esos locos que corren. EN la Maratón de Madrid, ese ambiente especial solo pasa en dos o tres puntos del recorrido (por ejemplo la Puerta del Sol), pero nunca de forma tan multitudinaria y ruidosa como ocurre en NY.


Y una gran Maratón debe tener una buena organización. Y la de NY la tiene. Una gran feria del corredor, a una escala proporcional con la ciudad: enorme. Una feria que tiene ambiente de feria: mucha gente, muchas ofertas, mucho que ver. Merece la pena perder un par de horas. La recogida de dorsales y entrega de bolsa del corredor, impecable, con cientos de voluntarios sonrientes recibiéndote y animándote. No hay un mal gesto, una mala cara. Solo sonrisas y apoyo. Y lo mismo en la cena de la pasta, donde realmente la comida es abundante y rica. Al final de la cena de la pasta, hubo fuegos artificiales en Central Park. La gran traca final antes de la carrera.

Antes de la carrera

Son las cinco de la mañana en Harlem, a la altura de la calle 120 con la Av. De Malcom X. El cielo está totalmente limpio de nubes y se pueden ver las estrellas. Hace mucho frío. Me dirijo hacia la parada de metro de la 116th para coger la línea 2-3 que me llevará hasta Wall St. cerca del Ferry de Staten Iland. En el metro me encuentro con otros muchos que como yo peregrinamos hacia el sur de Manhattan. Los trenes bajan lentos y nos obligan una vez a cambiar de tren. Miradas nerviosas, con cierta tensión- Algunos cambian de tren para llegar más cerca, pero prefiero asegurar llegar a Wall St. y andar medo kilómetro. Tengo asignado el Ferry de las 5.45 a.m. pero a esa hora aun estoy en el metro. Un corredor argentino (neoyorkino de adopción) que ya ha corrido otros años me tranquiliza: se pueden coger ferris posteriores. Finalmente, a las 6.15, embarco en el ferry de Staten Iland. Una voluntaria que nos ve llegar con cara de preocupación nos mira a la cara y nos dice: “¿Dónde están esas sonrisas? ¿Es que no sois conscientes de que esta es la aventura de vuestra vida?”.


Las vistas y la luz que hay, el amanecer de Manhattan, es realmente precioso. A un lado el skyline de Manhattan, al otro la estatua de la Libertad y la Ellis Iland. Aprovecho el recorrido para desayunar (muchos otros han tenido la misma idea). A las 6.45 llegamos a la otra orilla y nos meten en autobuses que nos llevarán a la línea de salida. Todo muy bien organizado con muchos voluntarios que no dejan de sonreírte, animarte, y recordarte que estás “in” en la Maratón de Nueva York, en una aventura fantástica. Veinte minutos más tarde llego a la zona azul de la ciudad del corredor, donde solo podemos entrar los que llevamos dorsal azul. Dorsal que enseño no menos de quince veces en el recorrido desde el autobús hasta la villa. La seguridad es lo primero (“trabajamos por tu seguridad, que para nosotros es lo más importante”). Son las 7.10 a.m.

Dedico los primeros quince minutos de mi estancia en la villa a estudiar dónde está todo: el agua, el café, los bagels, las carpas, el depositorio del equipaje, los corrales,.. Todo está cerca, pero hay que andar de un lado para otro. Las carpas son insuficientes y están abarrotadas, con la gente hacinada. Afortunadamente no llueve y fuera “solo” hace frío. Mucho frío. Después de coger un bagel y un café que completan mi desayuno, avituallarme de agua e ir por antepenúltima vez al servicio. Encuentro un rincón donde da el sol y monto mi tenderete. Un plástico sobre el suelo, una manta de avión, varias capas de ropa,… me pongo mi i-pod y selecciono una lista de arias de ópera. Me tumbo bajo la manta y trato de relajarme. En menos de cuarenta minutos tengo que levantarme porque a las 8.05 cierra el depositorio de equipaje del corral 7 (el mío) y hacia allá me dirijo con cierta prisa. Una vez deje mi equipaje, me quedo con lo puesto para la carrera, y aun quedarán casi dos horas para la salida con un frío que pela. La megafonía recuerda en cuatro idiomas distintos (inglés, español, francés e italiano) distintas normas de la carrera.

De lo que he llevado, me quedo con una camiseta de manga larga y una de tiras para correr, otras dos camisetas para desechar y un chubasquero grande. De nuevo busco un lugar con sol cerca de la entrada a mi corral. Me siento y me cubro con el plástico y gracias al solecillo no paso mucho frío. Antes de entrar al corral, a la hora límite (8.55) me da tiempo a relajarme otro rato. Es impresionante la imaginación de los neoyorquinos para no pasar frío en estas circunstancias. Batas viejas, abrigos viejos, mantas viejas, todo tipo de ropa de abrigo vieja que luego tirarán, pero que les mantiene bien calentitos. Yo con un plástico.


Son las 8.50, menos de una hora para la carrera. Entro al corral, y menos mal, porque a las 8.55 en punto lo cierran sin miramientos para algunos que llegan unos segundos después. Tendrán que esperar media hora a la siguiente oleada. Dentro del corral, hay servicios y aprovecho para volver a ir. Entre los líquidos y el frío, cada nada aprietan las ganas de orinar. Por los altavoces vuelven a recordar que este es el lugar apropiado para echar la última meada, que una vez arranque la carrera, especialmente en el puente de Verrazano, está totalmente prohibido orinar con riesgo de descalificación (aun así, muchos orinan después desde lo alto del puente).


A los veinte minutos, quitan las separaciones entre todos los corrales azules y nos vamos agrupando hacia el lugar del primer corral. Sigue haciendo bastante frío. Ya son la 9.15. Diez minutos después, abren el primer corral, y nos llevan hacia la misma línea de salida, donde ya se encuentran los corredores de élite. Nos deshacemos de la ropa sobrante. Afortunadamente ya está el sol relativamente alto y no podemos calentar algo. Al final estoy a menos de cien metros de los primero y puedo ver la línea de salida. Justo delante de mí un corredor se mea encima y deja un gran charco entre sus piernas.

Los nervios se desatan, la gente salta, algunos gritan, la mayoría nos movemos, estiramos, aunque estamos muy cerca unos de otros, porque todos queremos estar adelante. A mi alrededor veo gente del corral 1, pero también del 20.

A las 9.30, diez minutos antes de la salida, una ‘speaker’ presenta a las figuras internacionales, a la élite. Estilo americano, con cierto suspense para acabar arrancando el aplauso general al final de cada presentación. Justo antes de dar la salida, se canta el himno americano por tres famosos artistas americanos (dos hombres y una mujer) a capela. Silencio absoluto, manos en el pecho. Suena un cañonazo. Por fin ha empezado la carrera. Por los altavoces suena una voz:

“Start spreadin' the news,
I'm leavin' today
I want to be a part of it,
New York, New York...”

Es la VOZ de Frank Sinatra cantando New York, New York.

La carrera

El puente de Verrazano

Nada más oir el cañonazo de salida y los acordes de “New York, New York” en la “Voz”, enfilas la cuesta del puente de Verrazano, que une Staten Iland con Brooklyn. Tienes en tu cabeza la imagen que has visto por televisión otras veces, donde parece que el puente está repleto y que es imposible moverse, y sin embargo la sensación es que, desde el principio, se puede correr al ritmo que quieras. Empiezas a sentirte protagonista. Está compartiendo puente con los corredores de élite (a los que aun no les dio tiempo de llegar al otro extremo) y sabes que eres parte de la imagen que millones de personas están mirando por televisión. El día es soleado y las vistas de Manhattan espectaculares. Muchos corredores se paran y suben a la mediana del puente a tomar fotos. Me tomo con cierta calma la subida al puente y cuando cubro mi primer km me sorprendo comprobando que llevo un ritmo por debajo de 5 minutos el km. Al final del puente, antes de entrar en Brooklyn, me paro a aliviar mi vejiga.

Brooklyn

Desde el silencio del puente, se entra de golpe en la ciudad. Brooklyn recibe la carrera rugiendo. Gritos, ánimos, todo tipo de carteles con mensajes,… La gente te empieza a llevar en volandas y eso te hace perder un poco la cabeza. Me pongo a correr a menos de 4.30 y pronto me conmino a reducir el ritmo, lo cual es difícil con toda esa gente animándote, pero casi toda la carrera iba a ser así, por lo que me obliga a ir al ritmo que había pensado (alrededor de 4.45). “No os queremos en Brooklyn, iros cuanto antes corriendo”, reza un cartel, y a ello nos disponemos obedientes. La maratón de NY podría decirse que es la Maratón de Brooklyn, ya que se corre por las calles de este barrio media maratón. Recorriendo el barrio de sur a norte, aprecias la multiculturalidad de NY: pasas por zonas rotuladas en castellano, inglés, polaco, italiano,… Mucho cartel en español.

Decido correr por sensaciones, sin mirar el reloj. Y más tarde he comprobado que no bajé de 4.35 hasta pasada la media maratón, lo que fue muy arriesgado, por encima de mis posibilidades.

Pasado el km 12 me encuentro con un maratoniano de élite español cuyo nombre no voy a mencionar, que iba haciendo de liebre de un alto ejecutivo de una empresa española. Ambos corrían en el marco de un proyecto solidario de una multinacional española. Me acerqué a saludar y al ver que no era recibido con muy buen rollo me puse a correr unos metros por delante (no estaba dispuesto a que semejantes gilipollas me amargaran la carrera). Unos dos kilómetros más adelante, volvieron a mi altura y pensé que podía ser buena idea coger la estela del profesional (siempre había admirado mucho a este corredor -léase el tiempo pasado-, porque le creía una persona llana y sociable, o al menos es la imagen que él cuida de transmitir; la realidad es muy distinta). Les pregunté si podía correr a su ritmo y la respuesta fue, por supuesto, positiva (¡faltaría más!). Pronto me dí cuenta que sobraba en el rollito de amiguitos que llevaban, por lo que me coloqué en un segundo plano a seguir su ritmo. No siempre se tiene la oportunidad de correr una maratón, además la maratón de Nueva York, con un maratoniano de élite haciendo de liebre. El ritmo era algo exigente para mí, pero lo intenté. De vez en cuando algún español que corría la carrera se acercaba a saludar a la estrella, que iba sacando imágenes de todo con su iphone.

Broklyn, el día de la maratón, es una fiesta. Además de los innumerables grupos de música puestos por la organización, sonnumerosos los lugares donde se puede oir música, en muchas ocasiones música latina. El ambiente es tan espectacular como la ciudad. A la altura de la media maratón, se abandona Brocklyn a través del puente Pulanski. Paso la media a 1h 37m, demasiado rápido.

Queens

EL tramo de la maratón por Queens sigue con una animación parecida a lo que hay en Brooklyn. Se sigue disfrutando de un barrio multicultural y animado, lanzado a la calle con la ocasión de la maratón. Desde Queens, se accede a Manhatan por el puente de Queensboro. Hay una buena subida al puente y allí me doy cuenta de que no podía aguantar el ritmo de mis distantes compañeros de viaje (que seguían con su rollito de muy amiguitos y de “no me ajunto con nadie”). Cruzar ese puente corriendo es especial. Hay una vistas de Manhatan distintas y excepcionales.

Manhatan

El final del puente de Queensboro desemboca en dos curvas (a izquierda y derecha) que desembocan en la Primera avenida a la altura de la calle 59 (Central Park sur). Allí hay una multitud rugiendo, animando, chillando,… No he visto nunca nada igual. Nada más entrar en la Primera Avenida, a la izquierda veo a mi familia en segunda fila gracias a una gran bandera de España. Me hace una ilusión enorme que me da algo de energía extra. Me acerco a saludarles y al volver a la carrera he perdido por delante a mis dos compañeros (que no amigos). No volví a verlos (el ejecutivo acabó con un tiempo de 3h 17m, muy lejos de mis posibilidades, el elitista se debió retirar antes para no quemarse de cara a sus compromisos profesionales).

Sigue habiendo gente en todos los kilómetros del recorrido, pero a medida que se va subiendo hacia el norte, la densidad de personas va bajando. Al llegar a Harlem disminuye sensiblemente.

El Bronkx

Por el puente de la Avenida Willis, se abandona Manhatan para pasar por el Bronkx. Aquí la carrera, sin dejar de estar animada, pasa por su zona más apagada. Hay parte del recorrido por trozos de autovía, sin gente. Las fuerzas empiezan a faltar y el tío del Mazo empieza a trabajar duro.

AL llegar al puente de Queensboro, había mantenido mi ritmo cercano a 4.30. AL entrar en la Primera Avenida ya iba a 4.45. AL llegar al Bronkx ya iba a 5min/km.

De nuevo Manhatan

Se sale del Bronkx por el puente de la Avenida Madison hacia la calle 138, por donde se corre hasta llegar a la Quinta avenida. Empieza el “camino de vuelta”. Se va bajando Manhatan (aunque hay trozos que son cuesta arriba). En la calle 124 la Quinta se topa con el parque Memorial Marcus Garvey (inspirador del movimiento Rastafary). Se bordea el parque y a la altura de la 120 se vuelve a girar para recuperar la Quinta. En la esquina inferior del parque, se pasa a 5 metros de mi alojamiento en Nueva York, de donde salí a las 5 de la mañana. Cuesta no pensar en la ducha que está tan cerca. Al bajar hacia Central Park, vuelvo a encontrarme a mi familia. Me paro a besarles y saludarles y al retomar la carrera noto un pequeño tirón. Afortunadamente se me pasa. Estamos sobre el km 30, y ya voy a 5,15 el km.

A la altura de Central Park ya no me queda nada en las piernas, pero empieza a haber mucho más público animando. Ahora hay muchos españoles entre el público que te gritan dándote algo de energía. A la altura de la milla 24 se entra en Central Park, y también en la parte de la carrera más dura, ya que se entra en un continuo tobogán, allí donde ya no queda nada en las piernas. Pero hay que reconocer que la multitud te lleva en volandas. Una multitud entregada, entusiasmada, motivada,… Llego a la altura del Hotel Plaza (Central Park Sur) a 6 minutos el km.


Ya solo quedan poco más de dos kilómetros. Ya no puedo más, pero ahí están todas esas personas empujándote. Paso por el cartel de última milla, otra vez dentro de Central Park. Último kilómetro. Ultima media milla. Ultimo medio kilómetro. 200 metros, 200 yardas,… Paso por la línea de meta… Una vez más, se siente una inmensa alegría, gran emoción. Difícilmente explicable. Una vez más la maratón te lleva hasta allí, hasta el límite, pero en medio de las emociones más intensas. El tiempo es lo de menos, pero además, pese al trabajo del tío del mazo, he bajado casi medio minuto mi mejor tiempo en maratón.

Una voluntaria me pone, con una gran sonrisa, la medalla de “finisher”. “¡Enhorabuena!”, me dice. Más adelante me ponen una manta térmica. También con una gran sonrisa. Me encuentro con un conocido español y vamos comentando la carrera. Mientras, nos entregan algo de avituallamiento líquido y sólido. Y en medio de una nube de felicidad, nos arrastramos hacia el guardarropa donde nos despedimos con un abrazo.

El único punto negro en la organización de esta maratón, es el tiempo que tuvimos que esperar para recoger la ropa: casi media hora, después de otra media hora de peregrinaje hasta allí. Casi helados. Lo único bueno es que esa prolongación te permite saborear, paladear algo más el final.
Me puse la ropa y después de otra buena caminata, por fín me encuentro con mi familia, en la calle 70 con las Américas. La maratón de Nueva York ha acabado.

Después de la Maratón.

EN la nube en la que te encuentras después de tantas sensaciones, me comí un perrito caliente en uno de los puestos callejeros. Fuimos a nuestra casa (B&B) de Harlem y después de una ducha, volvimos a la calle para seguir disfrutando de esta ciudad. Esa noche cenamos un buen costillar en un restaurante cerca de Times Square. Siempre he querido esta ciudad y siempre he vuelto a ella como quien vuelve a casa. Ahora me llevo en el equipaje tantas emociones nuevas que volver será aun más un placer.





Le dedico esta crónica a mi familia, que me acompañó a vivir esta experiencia en Nueva York, a muchos amigos que me han seguido a distancia y a mis compañeros de entrenamiento, especialmente a Jose ("el pollero"). Gracias a que me llevó con "la vara" a hacer seismiles a 4.30 por el parque Polvoranca creo que he podido aguantar con dignidad hasta el final.

viernes, 29 de octubre de 2010

Maratón de Nueva York: cuando llega el librito


Ya sabéis, una maratón se empieza a correr cuando uno piensa en correrla. A partir de ese momento uno empieza a poner ilusión en ese proyecto. EN el caso de la Maratón de Nueva York, en mi caso, podría decirse que eso ocurrió hace bastantes años. De hecho, si hoy corro maratones es porque un día pensé en correr en Nueva York y decidí que antes de intentarlo tenía que foguearme antes en alguna “menos importante”. Y por eso llegaron cinco maratones de Madrid, San Sebastián, Toral de los Vados, Marrachech, Oporto, Zaragoza, Sevilla, Boston,… Y ya van doce. Llevaba dos años jugando a la Lotery de New York (*) y pensaba que hasta el cuarto año no podría correrla, pero a finales del año pasado, conseguí mi “qualifying time” gracias a una media maratón. E inmediatamente pedí que me lo homologaran y me inscribí. Por fin iba a llegar NY. Pasé el verano entrenando pensando ya en NY y todos estos meses afanándome para llegar bien a la cita, para poder disfrutarla. Y se acerca el momento. Ya desde hace un par de semanas, cuando lees o ves noticias de la maratón (al estar inscrito, la organización te manda regulares “newsletteres”), empiezas a ponerte nerviosito. Y ya desde hace días empiezas a sufrir el llamado síndrome de la maratón (se le llama realmente de una forma algo más fea) y es que empiezas a ver nubarrones por todos los lados: que si hoy me siento muy pesado corriendo ¿estaré bién?, que si he empezado a coger algo de peso, que si me empieza a doler aquí o allá, que si tengo tos,… Pasa en casi todas las maratones que he corrido, y por lo que se le pasa a mucha gente. Nos escudriñamos con todo detalle persiguiendo cualquier anomalía física que nos pueda alejar del sueño de cruzar el 7 de Noviembre el puente de Verrazano con otros miles de ilusionados maratonianos, en esa imagen tan repetida por televisión. Hoy faltan ocho días y me encuentro en el correo “el librito”. Ya al ver el sobre con el logo de “New York Runners” el corazón se empieza a acelerar. Es el “Official Handbook”, que ya me había bajado de internet, pero este es el auténtico, con sus fotos, colores, mapas, pistas, trucos, publicidad. Ya lo había mirado, pero bvuelvo a leerlo con detenimiento, con delectación. Disfrutando de cada página, de cada anuncio. Ya ha llegado “el librito”. El movimiento de mariposas en el estómago empieza a ser insoportable.

(*) Para correr en NY, o pagas a una agencia mucho dinero, o tienes "qualifying time", es decir un tiempo acreditado según tu edad, o puedes intentar conseguir el dorsal en una Lottery que si no te toca, alcuarto año de intentarlo te invitan (pagando, claro)

sábado, 16 de octubre de 2010

Florencia, desde mis zapatillas (2)

Mi anterior visita a Florencia fue muy rápida. Prácticamente un paseo nocturno (y una carrera diurna) mediante el que pude acercarme a la piel de esta ciudad considerada como la capital del Renacimiento. La visita fue tan breve que no me dio tiempo a enamorarme de la ciudad. Porque conocer Florencia con cierto margen de tiempo tiene el riesgo de enamorarse de la ciudad. En esta ocasión he tenido la oportunidad de poder visitar con más detenimiento algunas de las joyas de Florencia y de disfrutar con la boca abierta, por el asombro, de algunas de las obras maestras más importantes de nuestra civilización occidental. Pintura, escultura, arquitectura (y también literatura, aunque para disfrutar de esta no hace falta venir a Florencia).
En cualquiera de las iglesias de Florencia, llama la atención la presencia de obras maestras. En forma de estatua, de relieve, de tumba, sobre lienzos, frescos que aún quedan cubriendo muchas de las paredes de la mayoría de las iglesias. Algunos templos aun conservan una gran parte de los frescos originales, en la mayoría de los casos bien restaurados. Resulta sencillo imaginar lo impresionantes que debieron ser cuando en su esplendor todo su interior estaba cubierto de frescos a modo de pequeñas capillas sixtinas. Por si fuera poco, uno puede impresionarse con pintura visitando la Galería delli Ufizzi, donde no hay la abundancia de escuelas ni el tamaño de nuestro museo del Prado, pero donde podemos encontrar piezas únicas, maestras, incomparables, de todos los grandes maestros del Renacimiento. Florencia es además la ciudad de la escultura. Por cualquier sitio nos encontramos estatuas, de bronce, de mármol. La gran estrella es, cómo no, Miguel Ángel, y su David perfectamente situado en la Academia, pero no olvidemos obras como el Perseo, o el rapto de la Sabinas (en la Logia dei Lanci), ni los monumentos funerarios de la familia Medici, en la capilla del mismo nombre, ni tantas otras obras maestras. Y esa iglesia de la Santa Cruz… Si, esta vez he tenido tiempo suficiente de enamorarme de Florencia. Dejo esta ciudad con el dolor que se siente al dejar un ser querido, pero con la esperanza de volver algún día.

Una estancia algo más larga me ha permitido explorar algún nuevo circuito para correr por la ciudad. Durante varios días he corrido en paralelo al río, desde el puente Americo Vespucci, alcanzando el parque dele Cascini. Es un recorrido plano que permite disfrutar de una agradable vista y entorno, que se comparte con muchos otros corredores, ciclistas, paseantes,… Hay varios kilómetros marcados en el suelo cada cien metros. El único aspecto negativo en que en algunas zonas uno se cruza con nubes de mosquítos pequeñísimos que ni tan siquiera se ven, pero que te cubren todo el cuerpo. Afortunadamente las nubes duran unos cuantos metros que te obligan a hacer un improvisado farlek. Una alternativa a este circuito (para evitar los mosquitos) es cualquiera de las vías paralelas que corren por el parque más hacia el interior de la ciudad, pero esto queda para otro viaje.

Una vez más, las zapatillas me llevaron a un paraje bellísimo: la vista que de Florencia se puede disfrutar desde la Iglesia de San Miniato del Monte, al otro lado del río. Por recomendación de mi amigo y colega Efraín, un día enfilé por el Ponte Veccio hacia la calle de San Giorgio. Mi amigo no me advirtió de la cuesta que me esperaba, pero apretando los dientes llegué a lo alto de la calle, casi donde confluye con el Forte di Belvedere (a mitad de la cuesta está una de las supuestas casas de Galileo). El camino que lleva hacia San MIniato discurre por un desvío que se toma hacia la izquierda, una vez uno se encuentra con el Fuerte Belvedere, pero por error me fui por la Vía de San Leonardo hasta que llegué al Vial Galileo lo que aumentó mi sufrimiento un par de kilómetros. Cuando caí en mi error, di la vuelta y por casualidad conseguí dar con el camino que lleva casi hasta la base de la subida desde el río, cuesta que acaba en una escalinata que conduce directamente a la Iglesia. Cuando corres hacia arriba no eres consciente de la vista que se va construyendo a tu espalda. Cuando llegas, recuperas el resuello y te das la vuelta, VES Florencia. De un vistazo toda la ciudad, a la derecha el Duomo y el Campanile. Un poco más cerca el Palazzo Vecchio, el río, los puentes… Esta es LA VISTA, la mejor vista de Florencia. La ciudad en todo su esplendor. Mereció la pena el esfuerzo. Merece la pena llegar hasta allí solo para disfrutar de esa imagen que será difícil olvidar.

Si, esta vez me va a resultar más difícil olvidar Florencia.


Fotos cortesía de mi compañera Mónica :-)

lunes, 13 de septiembre de 2010

Bruselas


Siempre que viajo a Bruselas es para una reunión, como a casi todos los sitios que viajo por motivos de trabajo. Pero en Bruselas siempre las cosas van muy ajustadas de tiempo y la agenda suele ser aeropuerto-reunión-hotel-reunión-aeropuerto, sin tiempo para ver nada. Aun así, son tantas las veces que he tenido que viajar a Bruselas que cada vez vas viendo cosas. Especialmente, siempre procuro sacar un rato para ir a pasear por la Gran Plaza. EN este caso, las cosas pintaban mal, pero un cambio de agenda de última hora me dio un par de horas libres por la tarde. Como ya no viajo sin mis zapatillas, ¿Qué mejor ocasión para darme una vuelta por Bruselas y volver a ver la Gran Plaza?.Mi hotel está cerca de la Plaza Louise. Desde allí me dirijo hacia el cercano Palacio de Justicia. Desde allí, por la calle de la Regencia, se llega al Parque de Bruselas, uno de los sitios donde los locales van a correr. Se entra por la esquina que comparte con el Palacio Real, majestuoso, pero un poco gris si lo comparamos con otros, in cluyendo el de Madrid. El Parque de Bruselas es un lugar agradable para correr. Tiene forma rectangular, el suelo es de arena, la temperatura perfecta (un poco fresco, pero no mucho), un poco húmedo,… En un lado del parque hay una preciosa fuente redonda (dicen que representa un símbolo masónico). Después de dar unas vueltas decidí dirigirme a mi objetivo: la Gran Plaza.
Salí por la misma esquina por la que entré y antes de cruzar el precioso parque que hay junto al palacio de exposiciones, atravieso la calle Ravenstein. Esta calle tiene un especial recuerdo para mí. Durante años estuve asistiendo a reuniones de un comité que se celebraban en un edificio antiguo situado al principio de esta céntrica calle. MI primer encuentro con Bruselas fue por culpa de esas reuniones. Al final del parque hay un espacio abierto donde han situado distintas esculturas. Y de ahí, callejeando se llega a la Gran Plaza.
Siempre que he estado en la Gran Plaza me ha parecido una de las plazas más hermosas que he visto. Perfectamente conservada, con su suelo de adoquín. Con esos edificios renacentistas y góticos civiles (tan difíciles de ver en España, donde casi todo el gótico es religioso). Tiene un encanto especial, y siempre merece la pena visitarla. Corro un par de vueltas entre los turistas, que me miran como si fuera un marciano. Paso fugazmente para ver a los muñecos de soldados ahorcados de la taberna ‘El rey de España’ (en Flandes no dejamos un buen recuerdo, creo) y salgo de la plaza por una de las calles laterales del Ayuntamiento (Karel Bulsstraat), para hacer una breve visita al Niño Meón de Bruselas (Manneken Pis). Antes de llegar al Menneken Pis, a la izquierda hay la estatua en bronce de un personaje acostado (un príncipe muy querido por la ciudad). Dicen que tare suerte tocarlo y la estatua está totalmente pulida de los sobeteos que le da el personal supersticioso. A un par de calles está el Niño Meón, una de las estatuas de referencia en Bruselas. Si alguien espera algo espectacular, que se olvide. Es muy, muy pequeño. En esta ocasión vestido con un uniforme para la ocasión (posiblemente alguna conmemoración de la ciudad; al niño se le viste con frecuencia en función de las festividades), por lo que no lo vi en su habitual desnudez.
Volví a la plaza sobre mis pasos para regresar al hotel. Ahora el regreso es cuesta arriba y ya empiezan a pesar un poco las piernas. Gracias a mis zapatillas volví a disfrutar, aunque de forma un poco apresurada, de la Gran Plaza.


Fotos cortesía de mi compañera Mónica

domingo, 5 de septiembre de 2010

Dos meses para Nueva York


La primera vez que visité Manhattan, me parecía que ya había estado allí. Cualquier aficionado al cine, ha visto innumerables secuencias en películas donde se ven edificios, vistas, entornos de esta ciudad. Por eso cuando paseas por primera vez por sus calles no te sientes extraño. Parece que ya has andado por allí, y aunque parezca mentira sientes un poco que esa ciudad es tu ciudad. He vuelto a Nueva York muchas veces. Y tengo recuerdos imborrables de mis visitas a Nueva York. Allí he estado con mi mujer y mis hijos, con amigos, con compañeros de trabajo. También con personas que me han hecho daño. EN Nueva York me he encontrado algún famoso paseando por la Quinta Avenida, he visto un desfile del orgullo Gay, he regateado en el barrio chino, he visto jugar al baloncesto en sus calles, he vivido la mayor tormenta con rayos de mi vida, he pasado frío y calor, jugar y apostar partidas rápidas de ajedrez en la esquina del parque Washington, he visitado todos los puntos de referencia (incluyendo las torres gemelas antes y después del 11 S), la pista de hielo del Rockefeller Centre, he tocado el piano gigante de Fao Swartz, subido al Empire (de día y de noche), he comprado un diamante en la calle 47, me he comido un perrito en la calle, he visto donde mataron a Lennon,… y siempre que vuelvo, regreso a muchos de estos lugares, bien porque me apetece, bien porque hago de guía gratuito para los amigos con los que suelo viajar. Cuando estoy solo, suelo regresar a mis sitios favoritos (que cada vez cuento menos porque con los años te vuelves egoísta). Y nunca me canso de volver a esa ciudad, que es de todos, porque así lo ha querido el cine.

También he corrido por Nueva York. Siempre que viajo, voy con mis zapatillas y he tenido la suerte de correr por sus calles y avenidas, y por Central Park. Correr por Nueva York, es cumplir con el sueño de cualquier corredor, porque también el cine ha convertido en un icono el correr por esta ciudad. Y la ciudad respeta a los que corren, sabiendo que es un atractivo más de la ciudad. Y Central Park está hecho para correr por sus calles y rincones. Nunca te sientes solo corriendo por Central Park. Siempre hay gente corriendo, da igual la hora o el día.

Y otro sueño de cualquier corredor es correr algún día la Maratón de Nueva York. Esa imagen repetida todos los años por televisión de miles de corredores atravesando sus puentes es un poderoso imán para los que corremos como afición. Y esa multitud animando por las calles y sobre todo al entrar en Central Park…

Tengo la suerte de estar a dos meses de ese sueño, que no es tan fácil de conseguir. Ya estoy metido de lleno en la preparación de esa carrera, para que si llego al corral de salida, poder disfrutar al máximo de esa experiencia. Ya pienso en las muchas etapas que todavía me quedan por cubrir para estar en ese corral: entrenamientos, carreras, viaje, feria del corredor, madrugón, ferry de Staten Iland, las carpas,… Pienso vivirlas todas con toda la intensidad que pueda, porque luego todo pasa muy rápido. Empecé a correr maratones para poder estar algún día en ese corral.

Si no me ocurre nada imprevisto, espero correr la Maratón de Nueva York dentro de dos meses y dos días. Será mi maratón número 13, mi segunda Major después de Boston. Ya vuelvo a tener esas mariposas en el estómago.

sábado, 14 de agosto de 2010

¿Cómo has quedado en la Maratón?

Esa es la pregunta. Esa es la pregunta que peor sienta a un corredor popular que corre maratones. O quizás siente peor ¿en qué puesto has quedado en la maratón?, que es parecida. Y por lo que he hablado con algunos corredores profesionales, a ellos tampoco les hace mucha gracia.

Hace tiempo, un periodista le preguntaba a un corredor de maratón, antes de la prueba, qué cómo veía a los rivales, de cara a la posibilidad de vencerles. El corredor le dejó literalmente planchado (en un periodista deportivo el desconocimiento es más grave) contestándole: “en la maratón no hay rivales; tú eres tu propio rival; el resto de corredores son compañeros”.

Hacer este tipo de preguntas refleja un profundo desconocimiento de lo que es un maratón. Que es mucho más que una carrera. Mucho más que una distancia.

Sin considerar el factor humano, del que luego hablaré, existen numerosos posibles problemas que pueden provocar que no acabes una maratón. Suponiendo que la hayas preparado correctamente (es decir, que durante varios meses te hayas sometido a un entrenamiento específico donde combinas sesiones de muchos kilómetros con otras de menos pero más intensas, series de calidad, gimnasio, etc; y esto es igual seas popular o profesional, en el caso de estos últimos multiplicado por dos o por tres…), corriendo una maratón, después de un determinado instante donde ya has consumido todos tus hidratos de carbono, empiezas a tirar de glucógeno y después de grasas, y llega un momento donde no tienes nada de lo que tirar, nada que quemar, y llegar a meta es un puro ejercicio mental. Pero además puede hacer frío, y puedes entrar en hipotermia (no tienes calorías que te permitan generar calor), o puede hacer mucho calor y te puedes deshidratar, o sufrir un colapso por falta de sales. Puede nevar, llover, hacer viento.

Pero a todo lo anterior hay que sumarle el factor humano: tú y tu cabeza. Tú y tus decisiones. Te puedes equivocar y elegir mal el ritmo de carrera, y los síntomas de agotamiento pueden aparecer muchos kilómetros antes. O te puedes equivocar en el tipo de entrenamiento que a ti te conviene, y el sufrimiento al final de la carrera puede ser inaguantable. O sencillamente, no has entrenado suficiente y no estabas preparado para afrontar ese esfuerzo. O no te has alimentado bien las semanas previas a la carrera, no almacenando la suficiente energía para superar los primeros treinta kilómetros con cierta dignidad. O has elegido mal la ropa que llevas, la gorra o la camiseta. O no te pusiste suficiente vaselina allí donde más roza. O se te ocurrió probar un nuevo gel de glucosa en la carrera y te sentó mal. Pero incluso entrenando bien, eligiendo bien el ritmo, hidratándote de forma correcta, alimentándote de forma apropiada, incluso haciendo todo eso bien, por alguna causa no prevista te puedes lesionar a mitad de carrera y esa lesión te obligará a dejarla: calambres, tirones,… ¿son lo suficientemente graves? No distingues si ese dolor puede ser importante o es solo fruto de la propia carrera. Tu cabeza empieza a cavilar la posibilidad de retirarte, más que nada porque si te pasas, a lo mejor es tu última carrera. Solo después de correr varias maratones puedes (y no siempre) distinguir lo que es ‘normal’ de lo que es ‘extraordinario’, teniendo en cuenta que todo lo que sientes es extraordinario.

Se puede correr una maratón de diversas maneras, pero si la corres tratando de cumplir un objetivo de tiempo, siempre se sufre. Seas popular o seas profesional. Llegará un momento donde ese sufrimiento hará que tu cabeza te plantee dudas. Sobre si debes seguir o abandonar. Sobre si merece la pena ese sufrimiento. Y es ahí donde la fortaleza de tu mente te permite superar esas dudas y seguir adelante no con las piernas, sino con la cabeza. Corres como un autómata. ‘No hay dolor’, piensas zancada tras zancada. No te paras, porque sabes que como pares es posible que no vuelvas a correr. Te apoyas en esos amigos que te gritan al final dándote ánimos, llevándote en esa nube que solo conocen los que han estado allí arriba.

Cuando acabas una maratón, donde a veces renuncias a mejorar tu tiempo por ayudar a un amigo, o para evitar una lesión, o donde la lluvia o el calor han convertido la carrera en algo realmente duro y aun así te ves recorriendo esos últimos 192 metros con la pancarta de META al fondo, o donde después de sufrir mucho consigues tu objetivo ‘sub-algo’ y te sientes como si hubieras batido el record del mundo (de hecho has batido TU record del mundo), sientes una felicidad difícilmente comparable con nada. Has terminado, lo has conseguido. Acabar una maratón, acabes como acabes, siempre es un triunfo, porque has superado todo un mundo de inconvenientes, y sobre todo porque tu cabeza ha vencido a tus piernas.

Cuando después de esa experiencia casi mística alguien te pregunta: ¿En qué puesto has quedado? O ¿cómo has quedado?, realmente no sabes ni qué contestar ni cómo tomártelo. Yo, desde hace mucho tiempo siempre contesto lo mismo: “Quedé primero de mi categoría”. A veces, alguno de los ignorantes que preguntan, insisten: ¿Cuál es tu categoría? Y mi respuesta, siempre sonriendo, siempre es la misma o parecida: “varones nacidos en Melilla el 4 de mayo de 1959” (hasta ahora, que yo sepa, siempre he sido el único y el primero en mi categoría).

Maratones que he corrido

  • Maratón de Madrid: 2004 (3h 58m), 2005(3h 56m 42s), 2006(4h 15m 34s), 2007 (4h 06m 49s), 2009 (3h 40m 20s), 2012 (3h 19m 36s), 2013 (3h 13m 59s), 2014 (3h 40m 58s), 2015 (3h 19m 33s), 2017 (3h 58m 12s), 2018 (3h 45m 4s), 2019 (4h 6m), 2021 (4h 11m 56s), 2022 (4h 8m), 2023 (4h 11m 51s)
  • Maratón de Donosti: 2007 (4h 4m 52s), 2017 (3h 38m 40s)
  • Maratón de Toral de los Vados: 2008 (4h 11 m 16s)
  • Maratón de Marrakech: 2009 (3h 58m 4s)
  • Maratón de Oporto: 2009 (3h 30m 34s)
  • Maratón de Zaragoza: 2009 (3h 56m 32s)
  • Maratón de Sevilla: 2010 (3h 47m 27s), 2019 (3h 50m 13s)
  • Maratón de Boston: 2010 (3h 29m)
  • Maratón de Nueva York: 2010 (3h 28m 38s), 2019 (3h 55m 38s)
  • Maratón de Málaga: 2010 (3h 52m 16s)
  • Maratón de París: 2011 (3h 29m 43s)
  • Maratón de Berlín: 2011 (3h 23m 28s), 2022 (4h 5m 40s)
  • Maratón de Castellón: 2011 (3h 20m 14s)
  • Maratón Misteriosa (Tres Casas, Segovia), 2013 (3h 54m)
  • Maratón de Chicago: 2013 (3h 25m 37s)
  • Maratón de Londres: 2014 (3h 27m 58s), 2016 (4h 1m 18s)
  • Maratón de Amsterdam: 2014 (3h 28m 6s)
  • Maratón de Lisboa: 2015 (3h 34m 56s)
  • Maratón de Valencia: 2016 (3h 40m 32s)
  • Maratón de Tokio: 2017 (3h 39m 38s)
  • Maratón nocturna de Bilbao: 2018 (3h 44m 32s)
  • Maratón de Valdebebas: 2020 (4h 01m 49s), 2021 (4h 20 min.)
  • Maratón de Polvoranca: 2021 (4h 39m 25s)

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